Jean Meyer
El Día de Muertos, concesión histórica de la Iglesia al indestructible culto a los difuntos, a no confundir con la fiesta litúrgica del día anterior, la de Todos los Santos, es un momento de inevitable reflexión. Cuando los visitantes llenan los panteones, mucho más que los templos, uno no puede escapar a la interpelación del misterio. La propagación de la devoción a la Santa Muerte no deja de ser curiosa, por más que uno intente explicarla por los medios masivos de comunicación. Es una torpe contestación a la pregunta de siempre, al deseo de siempre, de evadir la muerte, de encontrar comunicación con los muertos. José Vasconcelos decía que esa era tarea para los ignorantes, “para los ignorantes de la ciencia del más allá, de la ciencia mística; para los que no saben que el postulado mismo de la mística es un postulado metafísico; un postulado que excluye de comunicación por medios físicos.
Está bien que los discípulos de Swedenborg, el Simón Mago de los tiempos modernos, que veía a los muertos en el cielo, con sombrero y todo, recurran a los médium y a las almas de sus amigos muertos, pero los que tenemos en nuestra raza místicos como fray Luis, místicos cuya mente ha sabido comunicarse en forma directa con las potencias divinas, no hallaremos sino disgusto y tedio en las páginas de la Psychical Research. Y seguiremos creyendo que los muertos viven, pero en mundo distinto del nuestro, en un estado en el que no pueden y no anhelan comunicarse con nosotros”. (Obras completas, tomo III, 322).
Pero ignorantes somos todos. El historiador calculó en 80 billones el número de humanos nacidos desde los orígenes, de los cuales la mitad vino al mundo en los dos últimos milenios y 15 mil millones en los dos últimos siglos; 6 mil 700 millones nos encontramos en vida, para un tiempo.
Tiene que ver con el paso de los años, pero la población de mis muertos crece cada día y leo más frecuentemente que antes los obituarios que publican los periódicos; me toca redactar ahora los “in memoriam” no solamente de admirados maestros, sino de queridos compañeros. Cosa de la edad, ciertamente. Esas pequeñas piezas de literatura expresan toda la ambivalencia de nuestra existencia que es muerte a la vez que vida. Puede haber tristeza por una muerte prematura, repentina y por el sufrimiento que la precede o que provoca, pero es también motivo por celebrar la vida llena que tuvo esa persona, vida que dejó un impacto positivo en el mundo. Nos recuerda que en medio de la vida nos encontramos en la muerte, que la muerte es parte de la vida.
Cuando era chico, hace cosa de 50, 60 años, la muerte era parte de la vida cotidiana, la gente vestía de luto, mis compañeros de la escuela primaria llegaban un buen día con alguna insignia negra que señalaba un deceso en la familia; las campanas anunciaban con su tañido peculiar que alguien se estaba muriendo; a la puerta de la casa se colgaban unas cortinas negras y blancas y se instalaba una mesita cubierta de negro con un cuaderno para que uno registrara sus condolencias. Las procesiones, a pie, detrás de la carroza negra con sus caballos engalanados y empenachados del mismo color, eran cotidianas y muy concurridas. Uno se persignaba al verlas pasar. Las pompas fúnebres aquellas son cosas del pasado y está bien así. Todo cambia, todo fluye, como dijo aquel griego hace 2 mil 500 años y no me baño dos veces en el mismo río.
Hoy la última moda es irse con originalidad de este mundo sublunar. El ritual fúnebre se ha convertido en muchos países en un acontecimiento social preparado por empresas que organizan el último adiós, igual que organizan las bodas o las fiestas de las quinceañeras. Acuérdense del famoso anuncio, ya antiguo: “Muérase usted, nosotros nos encargamos de todo lo demás”. De las pompas fúnebres tradicionales, muy ligadas a las iglesias católica y protestantes, pasamos al negocio empresarial que vende al futuro muerto la organización de su última despedida. La última moda es un sepelio original bajo el lema: “Yo invento mi funeral” (con ayuda de la empresa, claro). He recibido ya anuncios en ese sentido. Como dice una funeraria estadounidense: “A vuestra generación (la mía) les gusta tenerlo todo bajo control, desde la comida hasta los discursos y el tipo de servicio, y éste es un ámbito en que los consumidores sienten que carecen de control”. En la red se lee: “Puedes preparar el último paso de tu vida en la misma forma que se escoge una universidad, se prepara una boda, se compra una casa, se hacen planes para la jubilación”. Uno se sorprende de repente de extrañar un entierro en tierra bruta, envuelto en una sábana.
Ha cambiado la manera de sepultar y ha cambiado la manera de morir. La que cuenta Luis González en su maravilloso Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia era la tradicional; uno moría en casa, acompañado por los suyos, confiado. El pueblo cristiano le temía a la muerte súbita, instantánea que anhelamos ahora, porque imposibilitaba la preparación, el tránsito consciente. Esos campesinos mexicanos seguían en la línea de los grandes místicos: “Dios no quiere nuestra muerte y nuestro abandono, sino para restablecernos en el gozo”. La muerte como nacimiento. “¿O Muerte, dónde está tu victoria, dónde tu aguijón?”, exclama san Pablo.
En una entrevista publicada en el Spiegel del 23 de julio pasado, Alexander Solzhenitsyn dice a sus 88 años que “para mí la fe es el fundamento y el soporte de mi vida”. Al periodista que le pregunta si le teme a la muerte, contesta:
“No, ya no le tengo miedo a la muerte. Cuando era joven, la muerte de mi padre a los 27 años, proyectaba una sombra sobre mí y le temía a la muerte antes de haber podido realizar todos mis proyectos literarios. Pero entre los 30 y 40 años mi actitud cambió, se volvió tranquila y equilibrada. Siento la muerte como natural y no es el fin de la existencia”. El entrevistador le dice: “De todos modos le deseamos muchos años de vida creadora”. “No, no —contesta Alexander Solzhenitsyn— no le haga. Ya basta”.
Friday, November 30, 2007
Tenemos derecho a todo
Román Revueltas Retes
He conocido gente que, con la mano en la cintura, te suelta que ha robado ejemplares en las librerías. Y te lo dicen como si fuera algo perfectamente aceptable. Es más, se trataría de una especie de derecho natural: es por el bien del espíritu, luego entonces se justifica de necesidad. La misma lógica debería de llevarte a robar comida en un supermercado siendo que el cuerpo humano puede vivir sin lectura pero se consume fatalmente por poco que le falten calorías.
En fin, hay ciertas confusiones –muy perniciosas, a mi entender— en lo que se refiere a las prerrogativas que merecemos. Hace algunos días, una turba de estudiantes tomó por asalto las instalaciones del Congreso local en Chilpancingo: querían garantías y facilidades de la misma manera como, en el DeFectuoso, los aspirantes a las carreras que ofrece el Politécnico exigen entrar a como dé lugar, aunque no hayan aprobado el examen de ingreso, y bloquean en protesta las avenidas por donde circula el resto de los ciudadanos. Lo asombroso del asunto es que esta cultura de lo asistencial se propicia desde el poder mismo. Por ejemplo, existe la consigna oficial de no reprobar a los alumnos de las escuelas públicas; sería algo injusto, por lo que parece. De tal manera, todos pasan, hagan méritos o no, sean haraganes o cumplidores, íntegros o irresponsables. No opera aquí el más mínimo criterio de selección. Luego, esos jóvenes mexicanos se encuentran de pronto confrontados una cadena de exigencias pero sin la menor disposición personal para cumplirlas: en la vida real, descubren un mundo de bajos salarios, competencia despiadada y muy escasas gratificaciones Un universo donde paradójicamente, los derechos son mínimos y las obligaciones interminables. La vida se vuelve ahí una cuestión de crónicas frustraciones y resentimientos; no se pueden pagar los libros ni mucho menos los gadgets que exhiben los mercaderes. Por suerte, hay caudillos populistas que te pueden llenar el corazón de esperanza. Lo único que te queda.
He conocido gente que, con la mano en la cintura, te suelta que ha robado ejemplares en las librerías. Y te lo dicen como si fuera algo perfectamente aceptable. Es más, se trataría de una especie de derecho natural: es por el bien del espíritu, luego entonces se justifica de necesidad. La misma lógica debería de llevarte a robar comida en un supermercado siendo que el cuerpo humano puede vivir sin lectura pero se consume fatalmente por poco que le falten calorías.
En fin, hay ciertas confusiones –muy perniciosas, a mi entender— en lo que se refiere a las prerrogativas que merecemos. Hace algunos días, una turba de estudiantes tomó por asalto las instalaciones del Congreso local en Chilpancingo: querían garantías y facilidades de la misma manera como, en el DeFectuoso, los aspirantes a las carreras que ofrece el Politécnico exigen entrar a como dé lugar, aunque no hayan aprobado el examen de ingreso, y bloquean en protesta las avenidas por donde circula el resto de los ciudadanos. Lo asombroso del asunto es que esta cultura de lo asistencial se propicia desde el poder mismo. Por ejemplo, existe la consigna oficial de no reprobar a los alumnos de las escuelas públicas; sería algo injusto, por lo que parece. De tal manera, todos pasan, hagan méritos o no, sean haraganes o cumplidores, íntegros o irresponsables. No opera aquí el más mínimo criterio de selección. Luego, esos jóvenes mexicanos se encuentran de pronto confrontados una cadena de exigencias pero sin la menor disposición personal para cumplirlas: en la vida real, descubren un mundo de bajos salarios, competencia despiadada y muy escasas gratificaciones Un universo donde paradójicamente, los derechos son mínimos y las obligaciones interminables. La vida se vuelve ahí una cuestión de crónicas frustraciones y resentimientos; no se pueden pagar los libros ni mucho menos los gadgets que exhiben los mercaderes. Por suerte, hay caudillos populistas que te pueden llenar el corazón de esperanza. Lo único que te queda.
El alcalde en el Metro
Román Revueltas Retes
En la portada del semanario Newsweek, Mike Bloomberg, alcalde de Nueva York. Un tipo que no nació rico. Hoy, su fortuna alcanza unos mil millones de dólares. Nada en comparación de la plata del yanqui Warren Buffett o del indio Lakshmi Mittal o del mexicano Carlos Slim. Pero es una muy buena lana de todas maneras. El tema del artículo es que nuestro personaje a lo mejor se lanza como aspirante a la candidatura presidencial del Partido Republicano; le disputaría el lugar ni más ni menos que a su antecesor, Rudy Giuliani, el hombre que, con mano de hierro, capitaneó la resurrección de la Gran Manzana.
En fin, el asunto es que en las páginas interiores de la revista aparece una fotografía de Bloomberg en el andén de una estación del Metro, esperando la llegada del tren. Así se dirige a la oficina, todos los días, como un anónimo ciudadano del montón. En la imagen, el alcalde no aparece rodeado de guardaespaldas ni de “ayudantes” ni de curiosos ni de peticionarios. No. Así es Nueva York, una ciudad donde los grandes personajes pueden desvanecerse en el paisaje de la cotidianidad sin que a nadie se le ocurra siquiera importunarlos. Pero, hay algo más: el primer responsable de las políticas públicas de la Urbe de Hierro no necesita alardear, ante sus gobernados, de su sobriedad. Simplemente, toma el Metro y llega al despacho. Nada más. Sin retórica, sin demagogia, sin jactancias ni propagandas. Suponemos que el alcalde disfruta, en el ámbito privado, de todos los privilegios y bondades que proporciona una gran fortuna: la gran mansión, el yate, los coches deportivos, las casas de campo, etcétera. Pero, en su condición de funcionario público, no requiere de un séquito ni de pomposos rituales para hacer su trabajo. Por lo que parece, la política en nuestro vecino país ya no es un asunto de próceres ni de caudillos en línea directa con la Historia (con mayúscula). Es algo mucho menos trascendente. Qué suerte.
En la portada del semanario Newsweek, Mike Bloomberg, alcalde de Nueva York. Un tipo que no nació rico. Hoy, su fortuna alcanza unos mil millones de dólares. Nada en comparación de la plata del yanqui Warren Buffett o del indio Lakshmi Mittal o del mexicano Carlos Slim. Pero es una muy buena lana de todas maneras. El tema del artículo es que nuestro personaje a lo mejor se lanza como aspirante a la candidatura presidencial del Partido Republicano; le disputaría el lugar ni más ni menos que a su antecesor, Rudy Giuliani, el hombre que, con mano de hierro, capitaneó la resurrección de la Gran Manzana.
En fin, el asunto es que en las páginas interiores de la revista aparece una fotografía de Bloomberg en el andén de una estación del Metro, esperando la llegada del tren. Así se dirige a la oficina, todos los días, como un anónimo ciudadano del montón. En la imagen, el alcalde no aparece rodeado de guardaespaldas ni de “ayudantes” ni de curiosos ni de peticionarios. No. Así es Nueva York, una ciudad donde los grandes personajes pueden desvanecerse en el paisaje de la cotidianidad sin que a nadie se le ocurra siquiera importunarlos. Pero, hay algo más: el primer responsable de las políticas públicas de la Urbe de Hierro no necesita alardear, ante sus gobernados, de su sobriedad. Simplemente, toma el Metro y llega al despacho. Nada más. Sin retórica, sin demagogia, sin jactancias ni propagandas. Suponemos que el alcalde disfruta, en el ámbito privado, de todos los privilegios y bondades que proporciona una gran fortuna: la gran mansión, el yate, los coches deportivos, las casas de campo, etcétera. Pero, en su condición de funcionario público, no requiere de un séquito ni de pomposos rituales para hacer su trabajo. Por lo que parece, la política en nuestro vecino país ya no es un asunto de próceres ni de caudillos en línea directa con la Historia (con mayúscula). Es algo mucho menos trascendente. Qué suerte.
Y ahora, la niebla
Román Revueltas Retes
Cuando vuelo, voy siempre con la cara pegada a la ventanilla. Es el síndrome de los que estamos fascinados por la aviación y por las máquinas: las locomotoras del ferrocarril, por ejemplo, son también ingenios maravillosos (especialmente esas gigantescas diesel-eléctricas cuyos motores emiten un rugido portentoso). Este encantamiento no es cosa exclusiva de hombres inmaduros, como pudieran observar burlonamente mis amigas, sino hasta de esas chicas que, ataviadas con los uniformes de las diferentes líneas aéreas, pilotan alegremente los jets de este país (y que luego vengan a decirnos que los mexicanos somos uno de los pueblos más machistas del planeta: señoras y señores, dense una vueltecita por los territorios de Musulmania; por cierto, la fanaticada gobernante de Irán no sólo acaba de prohibir pura y simplemente la reedición de Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez sino que echó a la calle al funcionario censurador que, por distracción o por auténtica candidez, permitió su publicación en primer lugar).
Pues bien, como voy siempre muy atento durante los vuelos, me fijo en cantidad de detalles que a mucha gente suelen importarle un comino: si se despliegan los spoilers para frenar rudamente en el aire, si el aterrizaje es con viento cruzado, si la ruta es la de siempre, etcétera. Y así, alguna vez, con una niebla cerradísima, descendiendo hacia el aeropuerto de Dallas-Fort Worth, me asombró, luego de algunos momentos de auténtica inquietud, descubrir la pista cuando el avión estaba ya a unos diez metros de altura.
El viernes pasé seis horas en el aeropuerto de Durango esperando a que se abriera el espacio aéreo del DeFectuoso y que comenzaran a salir los aviones. Ayer y hoy no pude comprar los diarios nacionales aquí en Aguascalientes: se cancelaron los vuelos matinales desde la capital hacia esta ciudad.
Es obvio que en Texas tienen mejores aeropuertos. Malinchistas, se nos llama a los que hacemos estos comentarios.
Cuando vuelo, voy siempre con la cara pegada a la ventanilla. Es el síndrome de los que estamos fascinados por la aviación y por las máquinas: las locomotoras del ferrocarril, por ejemplo, son también ingenios maravillosos (especialmente esas gigantescas diesel-eléctricas cuyos motores emiten un rugido portentoso). Este encantamiento no es cosa exclusiva de hombres inmaduros, como pudieran observar burlonamente mis amigas, sino hasta de esas chicas que, ataviadas con los uniformes de las diferentes líneas aéreas, pilotan alegremente los jets de este país (y que luego vengan a decirnos que los mexicanos somos uno de los pueblos más machistas del planeta: señoras y señores, dense una vueltecita por los territorios de Musulmania; por cierto, la fanaticada gobernante de Irán no sólo acaba de prohibir pura y simplemente la reedición de Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez sino que echó a la calle al funcionario censurador que, por distracción o por auténtica candidez, permitió su publicación en primer lugar).
Pues bien, como voy siempre muy atento durante los vuelos, me fijo en cantidad de detalles que a mucha gente suelen importarle un comino: si se despliegan los spoilers para frenar rudamente en el aire, si el aterrizaje es con viento cruzado, si la ruta es la de siempre, etcétera. Y así, alguna vez, con una niebla cerradísima, descendiendo hacia el aeropuerto de Dallas-Fort Worth, me asombró, luego de algunos momentos de auténtica inquietud, descubrir la pista cuando el avión estaba ya a unos diez metros de altura.
El viernes pasé seis horas en el aeropuerto de Durango esperando a que se abriera el espacio aéreo del DeFectuoso y que comenzaran a salir los aviones. Ayer y hoy no pude comprar los diarios nacionales aquí en Aguascalientes: se cancelaron los vuelos matinales desde la capital hacia esta ciudad.
Es obvio que en Texas tienen mejores aeropuertos. Malinchistas, se nos llama a los que hacemos estos comentarios.
Los provocadores
Román Revueltas Retes
Los provocadores, una subespecie inevitable en el mundo real, saben perfectamente lo que hacen. Es más, sacan una ventaja casi inalcanzable al resto de los mortales porque, al no respetar deliberadamente las reglas y llevar las cosas siempre al límite, no dejan más que dos opciones: la de ignorarlos a pesar de que te estén pateando por debajo de la mesa o la otra –que es la que ellos precisamente están buscando— la de reaccionar tú mismo de mala manera tal como le ocurrió a don Juan Carlos, jefe del Estado español. La reacción del hombre no puede más que despertarme una enorme simpatía: es la respuesta, por más airada que haya podido estar, de la razón ante la inefable zafiedad de un individuo absolutamente impresentable, un bufón arrogante, majadero e imbécil que, por aquellas extrañísimas vueltas que da la historia, ha logrado imponer la pequeñez de su persona a un país entero siendo que, no hay que olvidarlo, en Venezuela había una sólida tradición democrática.
De manera que, un saludo respetuoso a Su Majestad. No hay duda alguna de la vocación democrática del Rey de España, país entrañable del que más nos valiera comenzar a aprender cosas, entre otras, la suavidad de su transición hacia un régimen parlamentario y, aún más, la sabiduría que han tenido los españoles para conjugar lo mejor del socialismo con las virtudes de la sociedad abierta, a saber, la economía de mercado, la soberanía del individuo y la creación de riqueza. España, hoy, es un país que está conquistando rápidamente nuevos mercados y que se distingue internacionalmente por su cocina, su moda, su arquitectura y sus logros deportivos. Quien quiera ver en esta nación amiga al conquistador desembarcado aquí hace 500 años está completamente desahuciado en lo que toca a sus aptitudes para vivir en la modernidad. Pero, ya lo sabemos: hay gente que, sumida de manera irremediable en el resentimiento, no logra nunca asumir sus propias responsabilidades ni aceptar gustosamente los retos de la existencia. Para ésos, Chávez está que ni mandado a hacer.
Los provocadores, una subespecie inevitable en el mundo real, saben perfectamente lo que hacen. Es más, sacan una ventaja casi inalcanzable al resto de los mortales porque, al no respetar deliberadamente las reglas y llevar las cosas siempre al límite, no dejan más que dos opciones: la de ignorarlos a pesar de que te estén pateando por debajo de la mesa o la otra –que es la que ellos precisamente están buscando— la de reaccionar tú mismo de mala manera tal como le ocurrió a don Juan Carlos, jefe del Estado español. La reacción del hombre no puede más que despertarme una enorme simpatía: es la respuesta, por más airada que haya podido estar, de la razón ante la inefable zafiedad de un individuo absolutamente impresentable, un bufón arrogante, majadero e imbécil que, por aquellas extrañísimas vueltas que da la historia, ha logrado imponer la pequeñez de su persona a un país entero siendo que, no hay que olvidarlo, en Venezuela había una sólida tradición democrática.
De manera que, un saludo respetuoso a Su Majestad. No hay duda alguna de la vocación democrática del Rey de España, país entrañable del que más nos valiera comenzar a aprender cosas, entre otras, la suavidad de su transición hacia un régimen parlamentario y, aún más, la sabiduría que han tenido los españoles para conjugar lo mejor del socialismo con las virtudes de la sociedad abierta, a saber, la economía de mercado, la soberanía del individuo y la creación de riqueza. España, hoy, es un país que está conquistando rápidamente nuevos mercados y que se distingue internacionalmente por su cocina, su moda, su arquitectura y sus logros deportivos. Quien quiera ver en esta nación amiga al conquistador desembarcado aquí hace 500 años está completamente desahuciado en lo que toca a sus aptitudes para vivir en la modernidad. Pero, ya lo sabemos: hay gente que, sumida de manera irremediable en el resentimiento, no logra nunca asumir sus propias responsabilidades ni aceptar gustosamente los retos de la existencia. Para ésos, Chávez está que ni mandado a hacer.
Sunday, October 21, 2007
Fe y razón de Ajmadineyad
Jean Meyer
El lunes 24 de septiembre, el presidente de la República Islámica de Irán habló en la Universidad de Columbia de Nueva York, antes de ir a pronunciar un discurso en la tribuna de Naciones Unidas. He manifestado mis inquietudes frente a su programa nuclear y mis críticas para el autoritarismo del régimen, pero leí con cuidado su intervención en Columbia y lamento que no se haya dado a conocer: es una lástima que no lo escucharan sus interlocutores que le hicieron preguntas que no tenían nada que ver con lo que dijo sobre la relación entre la ciencia y la religión, entre la fe y la razón. Una lectura paralela de su discurso, de la encíclica de Juan Pablo II intitulada Fe y Razón, y del tan criticado y poco leído discurso de Ratisbona del papa Benedicto XVI saca a la luz muchas coincidencias.
Primero, el contexto: los dirigentes de la Universidad de Columbia habían sido rudamente atacados por haber invitado a Ahmadineyad; The New York Post denunciaba la presencia del “monstruo”, y el Daily News anunciaba que “el mal entró en la ciudad”; el presidente de la universidad, Lee Bollinger, se curó en salud y atacó de manera violenta y nada cortés a su invitado. Dijo al público que había que conocer al enemigo, “tener el valor intelectual y emocional de confrontar el espíritu del mal y prepararnos a actuar con el justo temperamento”. Luego mencionó: “Mister Ahmadineyad, primero, la brutal represión de los académicos, periodistas y defensores de los derechos del hombre”, y mencionó las numerosas ejecuciones públicas de los últimos meses. “Seamos claros desde un principio, señor presidente, usted manifiesta todos los signos de ser un mezquino y cruel dictador”. Enumeró varios casos de represión, la negación del genocidio nazi, la promesa de destruir Israel, el apoyo al terrorismo en el Medio Oriente, el programa nuclear, etcétera.
Mahmud Ahmadineyad, después de escuchar una conclusión que decía “expreso la repulsión por todo lo que usted representa”, empezó con una breve oración: “Oh Dios, haz que venga pronto el imam Al Mahdi, y dale salud y victoria, haz de nosotros sus seguidores y los testigos de su justicia”. Luego manifestó su asombro por el discurso “inamistoso” del gentleman, antes de anunciar que había preparado una reflexión sobre el conocimiento, la educación, la información: “Los universitarios y los religiosos académicos son antorchas que iluminan para guiar la humanidad fuera de la ignorancia y perplejidad”.
Una primera lectura me dio la impresión que se trataba de un ingeniero creyente, de un creyente científico que hablaba como hombre de ciencia y como religioso; me recordó mis años mozos, cuando en París asistía a debates públicos entre intelectuales comunistas e intelectuales católicos, cuando llegaba un pequeño comando de jesuitas, encabezados por el P. Tresmontant o el P. Calvez, cuatro sacerdotes vestidos de traje gris (como Ahmadineyad), con una crucecita en la solapa, y un portafolio negro en la mano, del cual sacaban su discurso fuertemente argumentado sobre la compatibilidad absoluta entre la razón y la ciencia. Una segunda lectura hecha hace unos minutos, a la hora de escribir el presente artículo, confirma esa impresión.
Estados Unidos es, en el mundo occidental superdesarrollado, el país que tiene una población que se afirma religiosa en 80%, si no es que más, con una práctica y una afiliación religiosa muy superior a la de cualquier nación europea. Curiosamente, el discurso de Ahmadineyad lo pudo haber enunciado el feligrés de cualquier iglesia o denominación cristiana estadounidense; quizá, por lo mismo, no le prestaron ninguna atención.
Algunas citas textuales para aclarar mi propósito: “La naturaleza humana es un don del Todopoderoso. Él plantó la humanidad en este mundo y le dio la sabiduría y el conocimiento, un don que le permite conocer a su Dios… La fe y la sabiduría han sido distribuidas a toda la humanidad… todas las palabras de los profetas divinos, desde Abraham, Isaac, Jacob y Salomón, hasta Jesús y Muhammad, han liberado los humanos de la ignorancia, de las supersticiones, de la conducta sin moral… y han formado un camino hacia el saber, la luz y la ética… Si aceptamos que ‘ciencia’ significa ‘luz’, entonces su campo rebasa el de las solas ciencias experimentales e incluye toda realidad escondida y hermética. Uno de los mayores daños hechos contra la paciencia es limitarla a las ciencias experimentales y físicas… La ciencia es luz y los científicos deben ser puros y piadosos. Si la humanidad alcanza el nivel más alto de conocimiento físico y espiritual, pero si sus científicos no son puros, tal saber no puede servir al interés de la humanidad”. Toma el ejemplo de las armas nucleares, químicas, biológicas y aprovecha la oportunidad para responder al rector Bollinger y decir que Irán no fabrica la bomba nuclear. ¡Ojalá y sea cierto!
“El mayor regalo de Dios a la humanidad es la ciencia y el conocimiento. La búsqueda por el hombre del conocimiento y de la verdad por la ciencia es lo que garantiza un acercamiento a Dios, pero la ciencia debe combinarse con la pureza del espíritu para llegar a la verdad y usar esa verdad para el progreso de la humanidad”. Pudo haber repetido esa fórmula famosa del humanismo europeo: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”…
En los textos de los dos últimos papas que cité anteriormente, ustedes encontrarían, no lo dudo, muchos puntos en común con lo dicho por el presidente iraní, en cuanto a la inteligencia de la fe, a la fe como inteligencia que ilumina la razón, mientras que la razón purifica y explicita la fe. Todo lo cual puede parecer una serie de paradojas, pero uno llama paradojas, a veces, evidencias todavía no enfrentadas. Entender para creer, creer para entender. Lo dicho por Mahmud Ahmadineyad merece más que el sarcasmo o la indignación. Además, habrá de aquí en adelante, que recordarle su afirmación repetida en la Universidad de Columbia de que Irán no tiene programa militar nuclear y que él personalmente reconoce la existencia del Holocausto, de la Shoah, del genocidio nazi perpetrado contra los judíos, y contra los gitanos.
El lunes 24 de septiembre, el presidente de la República Islámica de Irán habló en la Universidad de Columbia de Nueva York, antes de ir a pronunciar un discurso en la tribuna de Naciones Unidas. He manifestado mis inquietudes frente a su programa nuclear y mis críticas para el autoritarismo del régimen, pero leí con cuidado su intervención en Columbia y lamento que no se haya dado a conocer: es una lástima que no lo escucharan sus interlocutores que le hicieron preguntas que no tenían nada que ver con lo que dijo sobre la relación entre la ciencia y la religión, entre la fe y la razón. Una lectura paralela de su discurso, de la encíclica de Juan Pablo II intitulada Fe y Razón, y del tan criticado y poco leído discurso de Ratisbona del papa Benedicto XVI saca a la luz muchas coincidencias.
Primero, el contexto: los dirigentes de la Universidad de Columbia habían sido rudamente atacados por haber invitado a Ahmadineyad; The New York Post denunciaba la presencia del “monstruo”, y el Daily News anunciaba que “el mal entró en la ciudad”; el presidente de la universidad, Lee Bollinger, se curó en salud y atacó de manera violenta y nada cortés a su invitado. Dijo al público que había que conocer al enemigo, “tener el valor intelectual y emocional de confrontar el espíritu del mal y prepararnos a actuar con el justo temperamento”. Luego mencionó: “Mister Ahmadineyad, primero, la brutal represión de los académicos, periodistas y defensores de los derechos del hombre”, y mencionó las numerosas ejecuciones públicas de los últimos meses. “Seamos claros desde un principio, señor presidente, usted manifiesta todos los signos de ser un mezquino y cruel dictador”. Enumeró varios casos de represión, la negación del genocidio nazi, la promesa de destruir Israel, el apoyo al terrorismo en el Medio Oriente, el programa nuclear, etcétera.
Mahmud Ahmadineyad, después de escuchar una conclusión que decía “expreso la repulsión por todo lo que usted representa”, empezó con una breve oración: “Oh Dios, haz que venga pronto el imam Al Mahdi, y dale salud y victoria, haz de nosotros sus seguidores y los testigos de su justicia”. Luego manifestó su asombro por el discurso “inamistoso” del gentleman, antes de anunciar que había preparado una reflexión sobre el conocimiento, la educación, la información: “Los universitarios y los religiosos académicos son antorchas que iluminan para guiar la humanidad fuera de la ignorancia y perplejidad”.
Una primera lectura me dio la impresión que se trataba de un ingeniero creyente, de un creyente científico que hablaba como hombre de ciencia y como religioso; me recordó mis años mozos, cuando en París asistía a debates públicos entre intelectuales comunistas e intelectuales católicos, cuando llegaba un pequeño comando de jesuitas, encabezados por el P. Tresmontant o el P. Calvez, cuatro sacerdotes vestidos de traje gris (como Ahmadineyad), con una crucecita en la solapa, y un portafolio negro en la mano, del cual sacaban su discurso fuertemente argumentado sobre la compatibilidad absoluta entre la razón y la ciencia. Una segunda lectura hecha hace unos minutos, a la hora de escribir el presente artículo, confirma esa impresión.
Estados Unidos es, en el mundo occidental superdesarrollado, el país que tiene una población que se afirma religiosa en 80%, si no es que más, con una práctica y una afiliación religiosa muy superior a la de cualquier nación europea. Curiosamente, el discurso de Ahmadineyad lo pudo haber enunciado el feligrés de cualquier iglesia o denominación cristiana estadounidense; quizá, por lo mismo, no le prestaron ninguna atención.
Algunas citas textuales para aclarar mi propósito: “La naturaleza humana es un don del Todopoderoso. Él plantó la humanidad en este mundo y le dio la sabiduría y el conocimiento, un don que le permite conocer a su Dios… La fe y la sabiduría han sido distribuidas a toda la humanidad… todas las palabras de los profetas divinos, desde Abraham, Isaac, Jacob y Salomón, hasta Jesús y Muhammad, han liberado los humanos de la ignorancia, de las supersticiones, de la conducta sin moral… y han formado un camino hacia el saber, la luz y la ética… Si aceptamos que ‘ciencia’ significa ‘luz’, entonces su campo rebasa el de las solas ciencias experimentales e incluye toda realidad escondida y hermética. Uno de los mayores daños hechos contra la paciencia es limitarla a las ciencias experimentales y físicas… La ciencia es luz y los científicos deben ser puros y piadosos. Si la humanidad alcanza el nivel más alto de conocimiento físico y espiritual, pero si sus científicos no son puros, tal saber no puede servir al interés de la humanidad”. Toma el ejemplo de las armas nucleares, químicas, biológicas y aprovecha la oportunidad para responder al rector Bollinger y decir que Irán no fabrica la bomba nuclear. ¡Ojalá y sea cierto!
“El mayor regalo de Dios a la humanidad es la ciencia y el conocimiento. La búsqueda por el hombre del conocimiento y de la verdad por la ciencia es lo que garantiza un acercamiento a Dios, pero la ciencia debe combinarse con la pureza del espíritu para llegar a la verdad y usar esa verdad para el progreso de la humanidad”. Pudo haber repetido esa fórmula famosa del humanismo europeo: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”…
En los textos de los dos últimos papas que cité anteriormente, ustedes encontrarían, no lo dudo, muchos puntos en común con lo dicho por el presidente iraní, en cuanto a la inteligencia de la fe, a la fe como inteligencia que ilumina la razón, mientras que la razón purifica y explicita la fe. Todo lo cual puede parecer una serie de paradojas, pero uno llama paradojas, a veces, evidencias todavía no enfrentadas. Entender para creer, creer para entender. Lo dicho por Mahmud Ahmadineyad merece más que el sarcasmo o la indignación. Además, habrá de aquí en adelante, que recordarle su afirmación repetida en la Universidad de Columbia de que Irán no tiene programa militar nuclear y que él personalmente reconoce la existencia del Holocausto, de la Shoah, del genocidio nazi perpetrado contra los judíos, y contra los gitanos.
No se pudieron arrejuntar
Román Revueltas Retes
Si se hubieran arrejuntado Aeroméxico y Mexicana ¿se creaba un monopolio avasallador? Pues, no lo creo. Para mayores señas, en mi ciudad, Aguascalientes, desde que llegaron las líneas de bajo costo –Volaris, Click, Alma y VivaAerobus— los viajeros dejamos de ser esclavos infelices de nuestra compañía de bandera y comenzamos a volar como nos dio la gana. Lo importante, justamente, es tener opciones. Es más, gracias a que se aparecieron esas aerolíneas en el mercado, Aeroméxico redujo sus escandalosas tarifas y ahora puedes treparte a sus aviones sin sentir que te están atracando. Vaya, con decirles que Aeromar, que también comenzó a trabajar por estos pagos y que te cobraba casi siete mil varos por un viaje redondo DeFectuoso-Colima-Defectuoso, ahora se da por satisfecha si le sueltas dos billetes de mil por la ida y vuelta a la capital de todos los estadounimexicanos. Hace tres años trabajaban aquí dos aerolíneas para los destinos nacionales; ahora son cinco. ¿Si se juntaban dos de ellas (Click y Aeroméxico), era un monopolio?
Ahora bien, hay algunas extrañas paradojas en todo esto: se dice, por ejemplo, que la fusión de las dos grandes compañías nacionales les traería los beneficios de las economías de escala –es decir, un incremento de utilidades gracias a un mayor tamaño y eficiencia— pero, mira tú, los costos de operación de Volaris, que es una empresa más pequeña, son de cualquier manera mucho menores que los de Aeroméxico y Mexicana precisamente porque no tiene las cargas de las corporaciones mastodónticas. Small is beautiful, ¿o no?
Luego entonces, se hubieran podido constituir en una gran aerolínea con algún nombre que las dejara contentas a las dos –Aeromexicana sería el más lógico aunque ahí están, para los enredosos, Mexicaeromexico o Mexicoaerocana– pero, eso sí, nosotros íbamos a seguir viajando en Volaris a la mitad del precio. Ayer, sin embargo, el fideicomiso creado en Banamex le ganó a los Saba en una final de fotografía. Mexicana… a volar.
Si se hubieran arrejuntado Aeroméxico y Mexicana ¿se creaba un monopolio avasallador? Pues, no lo creo. Para mayores señas, en mi ciudad, Aguascalientes, desde que llegaron las líneas de bajo costo –Volaris, Click, Alma y VivaAerobus— los viajeros dejamos de ser esclavos infelices de nuestra compañía de bandera y comenzamos a volar como nos dio la gana. Lo importante, justamente, es tener opciones. Es más, gracias a que se aparecieron esas aerolíneas en el mercado, Aeroméxico redujo sus escandalosas tarifas y ahora puedes treparte a sus aviones sin sentir que te están atracando. Vaya, con decirles que Aeromar, que también comenzó a trabajar por estos pagos y que te cobraba casi siete mil varos por un viaje redondo DeFectuoso-Colima-Defectuoso, ahora se da por satisfecha si le sueltas dos billetes de mil por la ida y vuelta a la capital de todos los estadounimexicanos. Hace tres años trabajaban aquí dos aerolíneas para los destinos nacionales; ahora son cinco. ¿Si se juntaban dos de ellas (Click y Aeroméxico), era un monopolio?
Ahora bien, hay algunas extrañas paradojas en todo esto: se dice, por ejemplo, que la fusión de las dos grandes compañías nacionales les traería los beneficios de las economías de escala –es decir, un incremento de utilidades gracias a un mayor tamaño y eficiencia— pero, mira tú, los costos de operación de Volaris, que es una empresa más pequeña, son de cualquier manera mucho menores que los de Aeroméxico y Mexicana precisamente porque no tiene las cargas de las corporaciones mastodónticas. Small is beautiful, ¿o no?
Luego entonces, se hubieran podido constituir en una gran aerolínea con algún nombre que las dejara contentas a las dos –Aeromexicana sería el más lógico aunque ahí están, para los enredosos, Mexicaeromexico o Mexicoaerocana– pero, eso sí, nosotros íbamos a seguir viajando en Volaris a la mitad del precio. Ayer, sin embargo, el fideicomiso creado en Banamex le ganó a los Saba en una final de fotografía. Mexicana… a volar.
Thursday, October 18, 2007
Elogio del “pueblo”
Román Revueltas Retes
No me cae bien el pueblo. No debería de confesarlo públicamente, lo sé. Pero, así son las cosas. Con el pretexto de respetar la “voluntad del pueblo” se han cometido infinidad de estupideces desde que, justamente, las masas comenzaron a tener importancia en la estructura social.
Antes, era diferente. Para empezar, casi no había clases sociales. Por ejemplo, en la Edad Media (que, según parece, no una época tan siniestra como la imaginamos sino que había gente con ideas), estaba el clero –que era muy poderoso— y luego estaban los nobles, propietarios de las tierras y de toda la riqueza posible, y al final estaba la plebe, con perdón, que no tenía aspiraciones y que por ello mismo era razonablemente dichosa a pesar de sus terroríficas miserias Pues bien, hoy día, Liz Taylor se interna en una clínica para dejar de chupar alcohol y sale de ahí casada con su albañil. Y ese hecho, de pronto, termina siendo una especie de historia ejemplar en tanto que se vuelve aspiración muy personalísima de algunos integrantes pretensiosos de ese “pueblo” en el que, por lo general, cada desarrapado anda con su mugrosa y sanseacabó.
Y miren ustedes, ocurre, encima, que el tal “pueblo” se caracteriza por ponerse violento de vez en cuando aunque, hay que reconocerlo, su paciencia es ejemplar en lo que toca a los abusos de los “ricos y poderosos”. Digo, ¿quién mató al Comendador –que diga—quién masacró a los agentes de la policía en Tláhuac? Pues, el pueblo. Pero, tan sagrada es la fuerza popular que el alcalde del DeFectuoso en funciones –ya saben quién—no se atrevió a condenar abiertamente la barbarie de la canalla.
Ahora bien, de vez en cuando el “pueblo” ha escenificado también algunos momentos verdaderamente estelares, a pesar de todo. No estuvo nada mal la toma de la Bastilla, por ejemplo. Y el otro día, aquí, en estos pagos, las muchedumbres se soliviantaron y derribaron una estatua de Fox que no tenía por qué haber sido erigida. Bravo. Me estoy volviendo “populista”.
No me cae bien el pueblo. No debería de confesarlo públicamente, lo sé. Pero, así son las cosas. Con el pretexto de respetar la “voluntad del pueblo” se han cometido infinidad de estupideces desde que, justamente, las masas comenzaron a tener importancia en la estructura social.
Antes, era diferente. Para empezar, casi no había clases sociales. Por ejemplo, en la Edad Media (que, según parece, no una época tan siniestra como la imaginamos sino que había gente con ideas), estaba el clero –que era muy poderoso— y luego estaban los nobles, propietarios de las tierras y de toda la riqueza posible, y al final estaba la plebe, con perdón, que no tenía aspiraciones y que por ello mismo era razonablemente dichosa a pesar de sus terroríficas miserias Pues bien, hoy día, Liz Taylor se interna en una clínica para dejar de chupar alcohol y sale de ahí casada con su albañil. Y ese hecho, de pronto, termina siendo una especie de historia ejemplar en tanto que se vuelve aspiración muy personalísima de algunos integrantes pretensiosos de ese “pueblo” en el que, por lo general, cada desarrapado anda con su mugrosa y sanseacabó.
Y miren ustedes, ocurre, encima, que el tal “pueblo” se caracteriza por ponerse violento de vez en cuando aunque, hay que reconocerlo, su paciencia es ejemplar en lo que toca a los abusos de los “ricos y poderosos”. Digo, ¿quién mató al Comendador –que diga—quién masacró a los agentes de la policía en Tláhuac? Pues, el pueblo. Pero, tan sagrada es la fuerza popular que el alcalde del DeFectuoso en funciones –ya saben quién—no se atrevió a condenar abiertamente la barbarie de la canalla.
Ahora bien, de vez en cuando el “pueblo” ha escenificado también algunos momentos verdaderamente estelares, a pesar de todo. No estuvo nada mal la toma de la Bastilla, por ejemplo. Y el otro día, aquí, en estos pagos, las muchedumbres se soliviantaron y derribaron una estatua de Fox que no tenía por qué haber sido erigida. Bravo. Me estoy volviendo “populista”.
Monday, October 15, 2007
‘Putinochet’
Jean Meyer
Perdón, estimados lectores, el juego de palabras no es muy elegante, pero no es mío, lo encontré en la prensa rusa, y es que para los rusos el nombre de Pinochet no despierta emociones como entre nosotros, sino evoca el orden y el progreso, el cirujano de hierro que salva al país del caos y a la economía de la ruina. Vladimir Putin llegó al poder supremo de manera inesperada, hace ocho años; lanzado al puesto de primer ministro por la segunda guerra de Chechenia, sucesor-sorpresa de Boris Yeltsin el 31 de diciembre de 1999, ganó fácilmente las presidenciales en marzo de 2000 y su reelección fue triunfal en 2004. Ahora que termina su segundo mandato, no es prematuro poner en vilo sus ocho años de gobierno.
Vaslav Havel, ex presidente-filósofo de la República Checa, comentaba en 2005 que “Rusia no sabe exactamente dónde empieza, ni dónde termina. En la historia, Rusia se extendió y se redujo; cuando convengamos tranquilamente dónde termina la Unión Europea y dónde empieza la Federación de Rusia, entonces la mitad de las tensiones entre las dos desaparecerá. De hecho la línea de fractura pasa a lo largo de Ucrania. Ucrania parece inclinarse hoy hacia el mundo euro-atlántico, no creo que los occidentales hayan captado la importancia de su ‘revolución Naranja’. Vladimir Putin, sí”. Y aunque ustedes no lo crean y piensen que Ucrania no nos importa, la posible y no muy lejana guerra del gas entre Moscú y Kiev, nos afectaría directamente porque definirá el precio mundial del gas, del gas que importamos.
Putin tomó el relevo de Yeltsin hace ocho años y el mundo se sigue preguntando: ¿estableció un sistema político fuerte, eficiente, duradero o bien su autoritarismo está tocando sus límites, al no ser posible una segunda e inmediata reelección? Los rusos se hacen la misma pregunta y por eso la mayoría soñaba con una reforma de la constitución que hubiera permitido a Putin perpetuarse en el poder. Otra vez Pinochet.
Es un lugar común decir que el autoritarismo burocrático, moderadamente represivo pero siempre policiaco, corresponde al contexto ruso, a una sociedad que ha conocido siempre la mano dura; lugar común también, repetir que los hidrocarburos contribuirán para rato a esa estabilidad y a una aparente prosperidad.
Es cierto que la instalación del busto de bronce de Félix de Hierro (Dzerzhinski, el fundador de la Cheka en tiempos de Lenin, matriz del NKVD, KGB y actual FSB) en la Secretaría de Gobernación es todo un símbolo; simbólica también, la digestión de 70 años de sovietismo por la conciencia histórica oficial: en los libros de texto oficiales de historia no hay un solo remordimiento; todo se justifica por las necesidades del Estado y de la defensa nacional, se exalta a los grandes zares autoritarios, Pedro el Grande, Alejandro III, Lenin y Stalin. Liubé, el grupo pop que aparece frecuentemente al lado del presidente Putin y es muy querido por la juventud, canta sin pestañear: “Devuélvanos la tierra de Alaska, es nuestra patria”. Hay que saber que Rusia vendió Alaska a Estados Unidos en 1867. Uno de sus CD recientes se llama Rusia y en la portada figura un mapa del inmenso imperio de 1866. Según el famoso cineasta Niñita Mijalkov, incondicional del presidente, Liubé es para los rusos lo que los Beatles para los ingleses.
Entre la población, la opinión mayoritaria es que el régimen soviético no era tan malo; hubiera sido suficiente corregirlo un poco, pero unos tontos lo arruinaron todo. Vladimir Vladimirovich ha realizado el sueño popular al reconstruir un Estado fuerte y modernizado. Acabó con la enfermedad que arruinó la URSS, a saber la economía planificada. Hace varios años que la economía crece y, si bien el PNB ruso alcanza apenas la tercera parte del PNB de China y se sitúa al nivel de Bélgica o México, las cosas pueden cambiar con el creciente flujo de inversiones extranjeras. Además el alza de los hidrocarburos surge justo cuando petróleo y gas son “nuestros” de nuevo, gracias al presidente Putin que los quitó a los “oligarcas” y ha devuelto “Rusia a los rusos”. Ya no Pinochet, sino Lázaro Cárdenas.
Por lo mismo los rusos se preguntan con inquietud: ¿Qué pasará después de marzo del 2008? cuando Putin dejará la Presidencia… Últimamente ha mencionado la posibilidad de transformarse en primer ministro de un presidente que bien
Jean Meyer
podría ser su actual primer ministro, un hombre desconocido hasta su nombramiento reciente, aparentemente gris y sin ambición, muy cercano y leal a Vladimir Vladimirovich. Entre las múltiples especulaciones, señalaré algunas: Putin podría ser el director de Gazprom, el Pemex ruso, o director de los servicios de seguridad; en todos los casos volvería a presentarse a las elecciones presidenciales de 2012. Una última hipótesis: el próximo presidente reformaría inmediatamente la constitución para permitir la reelección permanente (como en Francia), luego renunciaría y Putin triunfaría en las nuevas elecciones. Ya no Pinochet sino Porfirio Díaz.
Porfirio Díaz lo logró después de dejar un turno a su amigo Manuel González, pero Álvaro Obregón, si bien parecía haberlo logrado, fue asesinado por José de León Toral. En cuanto a confiar en los amigos o en los servidores aparentemente grises y leales, para calentar la silla y devolverla, ahí está la historia del jefe máximo nuestro, Plutarco Elías Calles, y del presidente Lázaro Cárdenas quien, en 1935, unos meses después de la toma de posesión, defenestró a su “patrón”. Aparentemente el presidente Putin está buscando una solución infalible al arduo problema de la vuelta al poder, de conservar el poder real, hasta poder recuperar el poder formal. Por eso los rusos, en su mayoría, hubieran preferido una reforma constitucional y la vinieron pidiendo desde 2004.
Una minoría no piensa así y dice como aquel joven preparatoriano: “Tengo un mal presentimiento, siento que una fuerza oscura, indescriptible, está tomando el poder; no tiene nombre, no es una persona, pero decir la verdad es peligroso otra vez. Pero al mismo tiempo no veo cómo un país como Rusia podría sobrevivir sin un poder fuerte. Estaba cayendo a pedazos en los 1990 y Putin juntó de nuevo las piezas”.
Perdón, estimados lectores, el juego de palabras no es muy elegante, pero no es mío, lo encontré en la prensa rusa, y es que para los rusos el nombre de Pinochet no despierta emociones como entre nosotros, sino evoca el orden y el progreso, el cirujano de hierro que salva al país del caos y a la economía de la ruina. Vladimir Putin llegó al poder supremo de manera inesperada, hace ocho años; lanzado al puesto de primer ministro por la segunda guerra de Chechenia, sucesor-sorpresa de Boris Yeltsin el 31 de diciembre de 1999, ganó fácilmente las presidenciales en marzo de 2000 y su reelección fue triunfal en 2004. Ahora que termina su segundo mandato, no es prematuro poner en vilo sus ocho años de gobierno.
Vaslav Havel, ex presidente-filósofo de la República Checa, comentaba en 2005 que “Rusia no sabe exactamente dónde empieza, ni dónde termina. En la historia, Rusia se extendió y se redujo; cuando convengamos tranquilamente dónde termina la Unión Europea y dónde empieza la Federación de Rusia, entonces la mitad de las tensiones entre las dos desaparecerá. De hecho la línea de fractura pasa a lo largo de Ucrania. Ucrania parece inclinarse hoy hacia el mundo euro-atlántico, no creo que los occidentales hayan captado la importancia de su ‘revolución Naranja’. Vladimir Putin, sí”. Y aunque ustedes no lo crean y piensen que Ucrania no nos importa, la posible y no muy lejana guerra del gas entre Moscú y Kiev, nos afectaría directamente porque definirá el precio mundial del gas, del gas que importamos.
Putin tomó el relevo de Yeltsin hace ocho años y el mundo se sigue preguntando: ¿estableció un sistema político fuerte, eficiente, duradero o bien su autoritarismo está tocando sus límites, al no ser posible una segunda e inmediata reelección? Los rusos se hacen la misma pregunta y por eso la mayoría soñaba con una reforma de la constitución que hubiera permitido a Putin perpetuarse en el poder. Otra vez Pinochet.
Es un lugar común decir que el autoritarismo burocrático, moderadamente represivo pero siempre policiaco, corresponde al contexto ruso, a una sociedad que ha conocido siempre la mano dura; lugar común también, repetir que los hidrocarburos contribuirán para rato a esa estabilidad y a una aparente prosperidad.
Es cierto que la instalación del busto de bronce de Félix de Hierro (Dzerzhinski, el fundador de la Cheka en tiempos de Lenin, matriz del NKVD, KGB y actual FSB) en la Secretaría de Gobernación es todo un símbolo; simbólica también, la digestión de 70 años de sovietismo por la conciencia histórica oficial: en los libros de texto oficiales de historia no hay un solo remordimiento; todo se justifica por las necesidades del Estado y de la defensa nacional, se exalta a los grandes zares autoritarios, Pedro el Grande, Alejandro III, Lenin y Stalin. Liubé, el grupo pop que aparece frecuentemente al lado del presidente Putin y es muy querido por la juventud, canta sin pestañear: “Devuélvanos la tierra de Alaska, es nuestra patria”. Hay que saber que Rusia vendió Alaska a Estados Unidos en 1867. Uno de sus CD recientes se llama Rusia y en la portada figura un mapa del inmenso imperio de 1866. Según el famoso cineasta Niñita Mijalkov, incondicional del presidente, Liubé es para los rusos lo que los Beatles para los ingleses.
Entre la población, la opinión mayoritaria es que el régimen soviético no era tan malo; hubiera sido suficiente corregirlo un poco, pero unos tontos lo arruinaron todo. Vladimir Vladimirovich ha realizado el sueño popular al reconstruir un Estado fuerte y modernizado. Acabó con la enfermedad que arruinó la URSS, a saber la economía planificada. Hace varios años que la economía crece y, si bien el PNB ruso alcanza apenas la tercera parte del PNB de China y se sitúa al nivel de Bélgica o México, las cosas pueden cambiar con el creciente flujo de inversiones extranjeras. Además el alza de los hidrocarburos surge justo cuando petróleo y gas son “nuestros” de nuevo, gracias al presidente Putin que los quitó a los “oligarcas” y ha devuelto “Rusia a los rusos”. Ya no Pinochet, sino Lázaro Cárdenas.
Por lo mismo los rusos se preguntan con inquietud: ¿Qué pasará después de marzo del 2008? cuando Putin dejará la Presidencia… Últimamente ha mencionado la posibilidad de transformarse en primer ministro de un presidente que bien
Jean Meyer
podría ser su actual primer ministro, un hombre desconocido hasta su nombramiento reciente, aparentemente gris y sin ambición, muy cercano y leal a Vladimir Vladimirovich. Entre las múltiples especulaciones, señalaré algunas: Putin podría ser el director de Gazprom, el Pemex ruso, o director de los servicios de seguridad; en todos los casos volvería a presentarse a las elecciones presidenciales de 2012. Una última hipótesis: el próximo presidente reformaría inmediatamente la constitución para permitir la reelección permanente (como en Francia), luego renunciaría y Putin triunfaría en las nuevas elecciones. Ya no Pinochet sino Porfirio Díaz.
Porfirio Díaz lo logró después de dejar un turno a su amigo Manuel González, pero Álvaro Obregón, si bien parecía haberlo logrado, fue asesinado por José de León Toral. En cuanto a confiar en los amigos o en los servidores aparentemente grises y leales, para calentar la silla y devolverla, ahí está la historia del jefe máximo nuestro, Plutarco Elías Calles, y del presidente Lázaro Cárdenas quien, en 1935, unos meses después de la toma de posesión, defenestró a su “patrón”. Aparentemente el presidente Putin está buscando una solución infalible al arduo problema de la vuelta al poder, de conservar el poder real, hasta poder recuperar el poder formal. Por eso los rusos, en su mayoría, hubieran preferido una reforma constitucional y la vinieron pidiendo desde 2004.
Una minoría no piensa así y dice como aquel joven preparatoriano: “Tengo un mal presentimiento, siento que una fuerza oscura, indescriptible, está tomando el poder; no tiene nombre, no es una persona, pero decir la verdad es peligroso otra vez. Pero al mismo tiempo no veo cómo un país como Rusia podría sobrevivir sin un poder fuerte. Estaba cayendo a pedazos en los 1990 y Putin juntó de nuevo las piezas”.
Monday, October 8, 2007
Gas, Putin y Ucrania
Jean Meyer
A veces nos enfocamos exclusivamente en las noticias nacionales, por más que sean a la larga intrascendentes y banales, comenta un lector, y añade: “No somos una sociedad precisamente con miras internacionalistas”. Tiene razón y, por lo tanto, no es posible olvidar lo que ocurre en Ucrania y cuál es el envite ucraniano. El domingo pasado, esa nación de cerca de 50 millones de habitantes, en un territorio comparable al de Francia, la más grande de todas las repúblicas ex soviéticas, después de Rusia, ha elegido un nuevo parlamento (la “Rada”).
En las elecciones presidenciales de 2004, después de una larga y tensa controversia, Víktor. Yanukovich, el candidato del presidente ruso, reconocía su derrota, y la revolución Naranja triunfaba, con el apoyo de la Unión Europea y de Estados Unidos. La encarnaban el presidente Víctor Yushchenko y su primera ministra, la Juana de Arco ucraniana, Yulia Timoshenko, una (falsa) rubia tan dinámica como ambiciosa. Las decepciones posteriores fueron a la altura de las esperanzas de los “revolucionarios”. El presidente no pudo acabar con la corrupción, el contubernio entre negocios y política, el asunto complicado del gas ruso que pasa por Ucrania para llegar a una Europa que lo necesita absolutamente. Para colmo, tuvo que despedir a su primera ministra y, sumamente debilitado, la sustituyó con su contrincante derrotado en las presidenciales, Víctor Yanukovich. Los dos Víctor y la Yulia tenían años de conocerse, habían trabajado juntos en el mismo gobierno, un tiempo, antes de pelearse.
En 2006, el Partido de las Regiones de Yanukovich había sido el más votado en las elecciones legislativas, seguido por Byut (Bloque Yulia Timoshenko) y, muy lejos, por Nuestra Ucrania, el partido del presidente. La situación de aquél no tardó en volverse imposible, con sus enemigos en el gobierno y su antigua aliada en la oposición, al grado de que, en abril de 2007, disolvió el Congreso, abriendo así una crisis que dejó al país prácticamente sin gobierno en los últimos seis meses.
¿Las elecciones del 30 de septiembre resolvieron el problema político? Es muy difícil decirlo porque cada día lleva una nueva sorpresa. Por ejemplo, Víctor Yanukovich, ex candidato presidencial apoyado por Putin, ex primer ministro, el coco de Occidente, ha dejado de serlo. Hace unos días, The New York Times hablaba de él en términos ditirámbicos. ¿Será por el solo hecho de haber contratado asesores estadounidenses para su campaña electoral? No, ha tomado sus distancias con Moscú y se ha acercado mucho a la Unión Europea y a Washington. Su Partido de las Regiones ha sido el más votado con 34% de los sufragios y, por lo tanto, reclama su derecho a formar el próximo gobierno.
Pero ha sido menos votado que el año pasado, y la gran ganadora, aparentemente, es la Timoshenko, que progresa en 10%: su bloque Byut tiene 31% de los votos, y como el partido del presidente Yushchenko sigue en tercera posición con 14 ó 15% de los votos, nuestra rubia incendiaria se ofrece como la futura primera ministra que encabezará la resucitada revolución Naranja. Efectivamente, esos dos partidos unidos tendrían la mayoría en el Congreso, mayoría fortalecida por un pequeño partido que aportaría 20 diputados, o sea, un total naranja de 249 diputados sobre 450.
Pero resulta que el presidente Yushchenko no habla de Naranja bis, sino que en un discurso a la nación, invita a todos los partidos representados en la nueva “Rada” a formar un gobierno de “profunda unión nacional”. El otro Víctor (Yanukovich) acepta en seguida, la Yulia y el pequeño partido comunista (5.3%) protestan y dicen que en tal caso —de una alianza entre las Regiones y Nuestra Ucrania, de los dos Víctor— pasarán a la oposición.
Pero, Gazprom, el monopolio ruso del gas, advierte que bien podría reducir sus entregas de gas a Ucrania en este mes de octubre, si no le pagan lo que todavía le deben, a saber, mil 300 millones de dólares. Qué coincidencia… ni una palabra antes de las elecciones, cuando todos los pronósticos daban a Yanukovich ganador con más de 40% de los votos y concedían 20%, o menos a la Timoshenko. ¿Por qué ahora?, cuando la prensa mundial publica: “Triunfa la alianza pro occidental”, y da con demasiada anticipación a Yulia Timoshenko como primera ministra y… presidente, en 2009. Europa ha perdido, hace tiempo, sus simpatías de antaño por la rubia política, le tiene miedo y más miedo aun cuando piensa que por Ucrania pasa 80% del gas ruso que consume la Unión. Por cierto, Gazprom, que no haría tales cosas sin el aval del presidente Putin, avisó a sus clientes y socios europeos de la existencia del problema. A buen entendedor, pocas palabras, y como en un pasado reciente, en pleno invierno, Moscú cerró la llave del gas para Europa vía Ucrania… sobran los comentarios.
El embrollo ucraniano (un ciudadano exclama: “¡Ojalá y tengamos gobierno para Año Nuevo!”) subraya cuánta falta hace una verdadera estrategia europea frente a un país tan importante como Ucrania, en lugar de cerrarle toda perspectiva de entrada a la Unión Europea. ¿Por qué se puede pensar en la entrada de Turquía y de ninguna manera en la de Ucrania? Porque Europa le teme a “Gasputin” y no ha negociado con una sola voz un pacto de cooperación energética con Moscú. ¡Sálvese quien pueda! Fue el lema después de la alarma del pasado invierno. Por eso los europeos, a falta de una política europea, prefieren cerrar los ojos y dejar que Ucrania se encuentre en la zona de influencia rusa, llamada en Moscú, “el extranjero próximo”. Alrededor de Ucrania, lo que está en juego es la posible democratización de la ex URSS, la seguridad colectiva y un verdadero mercado común de la energía para beneficio de todos.
En su deseo legítimo de tener buenas relaciones con Moscú, la Unión Europea no debería olvidar a Ucrania y rechazar sin debate la eventual vocación europea de este gran país. Bien lo decían los presidentes del European Council for Foreign Relations: “Ya es la hora de una política exterior europea”. Pero, ¿hace cuántos años que los mejores espíritus lo dicen y repiten?
A veces nos enfocamos exclusivamente en las noticias nacionales, por más que sean a la larga intrascendentes y banales, comenta un lector, y añade: “No somos una sociedad precisamente con miras internacionalistas”. Tiene razón y, por lo tanto, no es posible olvidar lo que ocurre en Ucrania y cuál es el envite ucraniano. El domingo pasado, esa nación de cerca de 50 millones de habitantes, en un territorio comparable al de Francia, la más grande de todas las repúblicas ex soviéticas, después de Rusia, ha elegido un nuevo parlamento (la “Rada”).
En las elecciones presidenciales de 2004, después de una larga y tensa controversia, Víktor. Yanukovich, el candidato del presidente ruso, reconocía su derrota, y la revolución Naranja triunfaba, con el apoyo de la Unión Europea y de Estados Unidos. La encarnaban el presidente Víctor Yushchenko y su primera ministra, la Juana de Arco ucraniana, Yulia Timoshenko, una (falsa) rubia tan dinámica como ambiciosa. Las decepciones posteriores fueron a la altura de las esperanzas de los “revolucionarios”. El presidente no pudo acabar con la corrupción, el contubernio entre negocios y política, el asunto complicado del gas ruso que pasa por Ucrania para llegar a una Europa que lo necesita absolutamente. Para colmo, tuvo que despedir a su primera ministra y, sumamente debilitado, la sustituyó con su contrincante derrotado en las presidenciales, Víctor Yanukovich. Los dos Víctor y la Yulia tenían años de conocerse, habían trabajado juntos en el mismo gobierno, un tiempo, antes de pelearse.
En 2006, el Partido de las Regiones de Yanukovich había sido el más votado en las elecciones legislativas, seguido por Byut (Bloque Yulia Timoshenko) y, muy lejos, por Nuestra Ucrania, el partido del presidente. La situación de aquél no tardó en volverse imposible, con sus enemigos en el gobierno y su antigua aliada en la oposición, al grado de que, en abril de 2007, disolvió el Congreso, abriendo así una crisis que dejó al país prácticamente sin gobierno en los últimos seis meses.
¿Las elecciones del 30 de septiembre resolvieron el problema político? Es muy difícil decirlo porque cada día lleva una nueva sorpresa. Por ejemplo, Víctor Yanukovich, ex candidato presidencial apoyado por Putin, ex primer ministro, el coco de Occidente, ha dejado de serlo. Hace unos días, The New York Times hablaba de él en términos ditirámbicos. ¿Será por el solo hecho de haber contratado asesores estadounidenses para su campaña electoral? No, ha tomado sus distancias con Moscú y se ha acercado mucho a la Unión Europea y a Washington. Su Partido de las Regiones ha sido el más votado con 34% de los sufragios y, por lo tanto, reclama su derecho a formar el próximo gobierno.
Pero ha sido menos votado que el año pasado, y la gran ganadora, aparentemente, es la Timoshenko, que progresa en 10%: su bloque Byut tiene 31% de los votos, y como el partido del presidente Yushchenko sigue en tercera posición con 14 ó 15% de los votos, nuestra rubia incendiaria se ofrece como la futura primera ministra que encabezará la resucitada revolución Naranja. Efectivamente, esos dos partidos unidos tendrían la mayoría en el Congreso, mayoría fortalecida por un pequeño partido que aportaría 20 diputados, o sea, un total naranja de 249 diputados sobre 450.
Pero resulta que el presidente Yushchenko no habla de Naranja bis, sino que en un discurso a la nación, invita a todos los partidos representados en la nueva “Rada” a formar un gobierno de “profunda unión nacional”. El otro Víctor (Yanukovich) acepta en seguida, la Yulia y el pequeño partido comunista (5.3%) protestan y dicen que en tal caso —de una alianza entre las Regiones y Nuestra Ucrania, de los dos Víctor— pasarán a la oposición.
Pero, Gazprom, el monopolio ruso del gas, advierte que bien podría reducir sus entregas de gas a Ucrania en este mes de octubre, si no le pagan lo que todavía le deben, a saber, mil 300 millones de dólares. Qué coincidencia… ni una palabra antes de las elecciones, cuando todos los pronósticos daban a Yanukovich ganador con más de 40% de los votos y concedían 20%, o menos a la Timoshenko. ¿Por qué ahora?, cuando la prensa mundial publica: “Triunfa la alianza pro occidental”, y da con demasiada anticipación a Yulia Timoshenko como primera ministra y… presidente, en 2009. Europa ha perdido, hace tiempo, sus simpatías de antaño por la rubia política, le tiene miedo y más miedo aun cuando piensa que por Ucrania pasa 80% del gas ruso que consume la Unión. Por cierto, Gazprom, que no haría tales cosas sin el aval del presidente Putin, avisó a sus clientes y socios europeos de la existencia del problema. A buen entendedor, pocas palabras, y como en un pasado reciente, en pleno invierno, Moscú cerró la llave del gas para Europa vía Ucrania… sobran los comentarios.
El embrollo ucraniano (un ciudadano exclama: “¡Ojalá y tengamos gobierno para Año Nuevo!”) subraya cuánta falta hace una verdadera estrategia europea frente a un país tan importante como Ucrania, en lugar de cerrarle toda perspectiva de entrada a la Unión Europea. ¿Por qué se puede pensar en la entrada de Turquía y de ninguna manera en la de Ucrania? Porque Europa le teme a “Gasputin” y no ha negociado con una sola voz un pacto de cooperación energética con Moscú. ¡Sálvese quien pueda! Fue el lema después de la alarma del pasado invierno. Por eso los europeos, a falta de una política europea, prefieren cerrar los ojos y dejar que Ucrania se encuentre en la zona de influencia rusa, llamada en Moscú, “el extranjero próximo”. Alrededor de Ucrania, lo que está en juego es la posible democratización de la ex URSS, la seguridad colectiva y un verdadero mercado común de la energía para beneficio de todos.
En su deseo legítimo de tener buenas relaciones con Moscú, la Unión Europea no debería olvidar a Ucrania y rechazar sin debate la eventual vocación europea de este gran país. Bien lo decían los presidentes del European Council for Foreign Relations: “Ya es la hora de una política exterior europea”. Pero, ¿hace cuántos años que los mejores espíritus lo dicen y repiten?
El PRD ya no (le) sirve a López Obrador
Román Revueltas Retes
La diputadiza del PRD, por lo visto, se está aburguesando. Ha cambiado el “morral por la Suburban”. Lo dice el mismísimo Rayito, un hombre que ha renunciado de tal manera a los placeres de este mundo que no tiene necesidad ya de ganarse la vida como cualquier hijo de vecino y quien, por lo visto, puede arremeter alegremente contra los legisladores de su propio partido sin sentirse obligado a aclararnos cuál es su sueldo como “presidente legítimo” de su república de fantasía y, sobre todo, quién se lo paga.
En fin, el asunto es que López Obrador acaba de lanzar su enésima denuncia pública desde que comenzara su tenaz estrategia de acoso y derribo: los señores representantes perredistas no se fajaron bien los pantalones en el tema de la reforma hacendaria. Hubieran debido detenerla en seco. ¿Cómo? Pues, suponemos que desplegando cierta dosis de violencia y una contundente porción de fuerza bruta. Digo, hasta nuevo aviso, en la Cámara muy baja –bajísima— las decisiones, a pesar de todo, se toman por votación. Así salen las leyes y los decretos, por mayoría. No hay otra manera de proceder. Luego entonces ¿qué les reprocha el ex candidato perdedor a sus correligionarios y, sobre todo, qué les hubiera podido exigir, qué acción concreta, qué medida, qué estrategia? ¿Incendiar San Lázaro, sabotear el sistema electrónico de votación, bloquear la tribuna, impedir la sesión, armar disturbios, liarse a trompadas con los panistas y los priistas? ¿Son ésas las reglas, es ése el comportamiento esperable de unos representantes populares “con pantalones”?
Es patética, en este sentido, la respuesta de los legisladores: “Ya impedimos el informe de Gobierno, ya tomamos la tribuna, ya nos opusimos…”. Es decir: papito, ya nos comportamos mal, ya fuimos groseros, ya nos salió lo bronco ¿qué más quieres? ¿Qué más podemos hacer? Pues, señores, no fue suficiente, no colocaron demasiado alto el listón; en este país, gobernado por el “espurio”, hay que ir más lejos. Ya no es asunto de aparecerse por las mañanas en el salón de sesiones, pasar lista y votar civilizadamente. No señor. La “lucha” exige más radicalismo y más intolerancia. ¡Al diablo con las instituciones! ¿No han entendido que ésa es la consigna?
Una vez más, el llamado del líder general y plenipotenciario de la “izquierda” implica una ruptura del orden establecido y un desafío a las instituciones por más que él mismo se disfrace de ovejita inofensiva. Es cierto que nunca habla de ejercer la violencia en sentido estricto pero su discurso está plagado de advertencias, amenazas veladas y augurios funestos. La mera descalificación del Gobierno legal de este país representa un peligroso y subversivo cuestionamiento: las elecciones que celebramos pacíficamente los mexicanos no cuentan, no sirven, no fueron “ciertas”. Y, a partir de ahí, todo se vale, desde ese regaño a unos diputados que se comportaron… como diputados, hasta la creación de un ridículo gobierno paralelo que, por fortuna, no tiene atribuciones ni poderes reales: imaginen ustedes al presidente de opereta con un ejército de verdad y con su propia fuerza pública.
Ahora bien, las cosas no suceden por casualidad y, en política, todo tiene un significado. Es decir, más allá de las formas que acostumbra López Obrador y de sus predecibles posturas, su admonición iba dirigida a unos destinatarios muy particulares; en efecto, muchos de los diputados perredistas no son ya parte de sus huestes incondicionales por el simple hecho de que pertenecen a otra corriente. Ricardo Alemán nos cuenta, en su columna del diario El Universal cómo fue que, embebido en la certeza de que iba a controlar todo como jefe del Ejecutivo, El Peje cedió deliberadamente espacios de poder a los grupos de Jesús Ortega –entre otras de las “tribus” no enteramente avasalladas por el caudillo de Macuspana— y que, ocupados ahora estos ámbitos en el Congreso por los “chuchos” sin que se haya consumado la profecía, ha llegado el momento de declarar las hostilidades. Conclusión posible: López Obrador se está alejando gradualmente del PRD y su estrategia de “credencialización” no sería más que la muestra de que tiene la intención de crear su propio movimiento. Esa fuerza, suponemos, si va a tener “pantalones”. Qué mala noticia.
La diputadiza del PRD, por lo visto, se está aburguesando. Ha cambiado el “morral por la Suburban”. Lo dice el mismísimo Rayito, un hombre que ha renunciado de tal manera a los placeres de este mundo que no tiene necesidad ya de ganarse la vida como cualquier hijo de vecino y quien, por lo visto, puede arremeter alegremente contra los legisladores de su propio partido sin sentirse obligado a aclararnos cuál es su sueldo como “presidente legítimo” de su república de fantasía y, sobre todo, quién se lo paga.
En fin, el asunto es que López Obrador acaba de lanzar su enésima denuncia pública desde que comenzara su tenaz estrategia de acoso y derribo: los señores representantes perredistas no se fajaron bien los pantalones en el tema de la reforma hacendaria. Hubieran debido detenerla en seco. ¿Cómo? Pues, suponemos que desplegando cierta dosis de violencia y una contundente porción de fuerza bruta. Digo, hasta nuevo aviso, en la Cámara muy baja –bajísima— las decisiones, a pesar de todo, se toman por votación. Así salen las leyes y los decretos, por mayoría. No hay otra manera de proceder. Luego entonces ¿qué les reprocha el ex candidato perdedor a sus correligionarios y, sobre todo, qué les hubiera podido exigir, qué acción concreta, qué medida, qué estrategia? ¿Incendiar San Lázaro, sabotear el sistema electrónico de votación, bloquear la tribuna, impedir la sesión, armar disturbios, liarse a trompadas con los panistas y los priistas? ¿Son ésas las reglas, es ése el comportamiento esperable de unos representantes populares “con pantalones”?
Es patética, en este sentido, la respuesta de los legisladores: “Ya impedimos el informe de Gobierno, ya tomamos la tribuna, ya nos opusimos…”. Es decir: papito, ya nos comportamos mal, ya fuimos groseros, ya nos salió lo bronco ¿qué más quieres? ¿Qué más podemos hacer? Pues, señores, no fue suficiente, no colocaron demasiado alto el listón; en este país, gobernado por el “espurio”, hay que ir más lejos. Ya no es asunto de aparecerse por las mañanas en el salón de sesiones, pasar lista y votar civilizadamente. No señor. La “lucha” exige más radicalismo y más intolerancia. ¡Al diablo con las instituciones! ¿No han entendido que ésa es la consigna?
Una vez más, el llamado del líder general y plenipotenciario de la “izquierda” implica una ruptura del orden establecido y un desafío a las instituciones por más que él mismo se disfrace de ovejita inofensiva. Es cierto que nunca habla de ejercer la violencia en sentido estricto pero su discurso está plagado de advertencias, amenazas veladas y augurios funestos. La mera descalificación del Gobierno legal de este país representa un peligroso y subversivo cuestionamiento: las elecciones que celebramos pacíficamente los mexicanos no cuentan, no sirven, no fueron “ciertas”. Y, a partir de ahí, todo se vale, desde ese regaño a unos diputados que se comportaron… como diputados, hasta la creación de un ridículo gobierno paralelo que, por fortuna, no tiene atribuciones ni poderes reales: imaginen ustedes al presidente de opereta con un ejército de verdad y con su propia fuerza pública.
Ahora bien, las cosas no suceden por casualidad y, en política, todo tiene un significado. Es decir, más allá de las formas que acostumbra López Obrador y de sus predecibles posturas, su admonición iba dirigida a unos destinatarios muy particulares; en efecto, muchos de los diputados perredistas no son ya parte de sus huestes incondicionales por el simple hecho de que pertenecen a otra corriente. Ricardo Alemán nos cuenta, en su columna del diario El Universal cómo fue que, embebido en la certeza de que iba a controlar todo como jefe del Ejecutivo, El Peje cedió deliberadamente espacios de poder a los grupos de Jesús Ortega –entre otras de las “tribus” no enteramente avasalladas por el caudillo de Macuspana— y que, ocupados ahora estos ámbitos en el Congreso por los “chuchos” sin que se haya consumado la profecía, ha llegado el momento de declarar las hostilidades. Conclusión posible: López Obrador se está alejando gradualmente del PRD y su estrategia de “credencialización” no sería más que la muestra de que tiene la intención de crear su propio movimiento. Esa fuerza, suponemos, si va a tener “pantalones”. Qué mala noticia.
¡Fuera máscaras!
Román Revueltas Retes
No debería decirlo pero me encanta la historia de Britney Spears; he ahí a la más convencional de las estrellas del pop yanqui, la chica alegre de las cancioncitas bobas y quintaescencia del éxito comercial –en oposición, por ejemplo, a los cantantes underground del rock (si es que todavía existe el género en esta época de descarnada complacencia a la facilidad)— devenida, de pronto, en una mala mujer. Su estrepitoso derrumbe significa la saludable crisis de un modelo estúpido e insoportablemente frívolo. Es como si, de pronto, la derecha religiosa de Estados Unidos (de América) exhibiera todas las miserias de su doble moral gracias a alguna misteriosa epidemia de sinceridad: la esposa del tieso pastor protestante admitiría su relación lésbica con la querida del presidente de club de observadores de aves, el hijo del director de la escuela confesaría que en su casa se consumen drogas prohibidísimas y el encargado de administrar los donativos de la Cruz Roja revelaría que se quema casi todos los fondos en alegres festejos con prostitutas.
Naturalmente, hay un elemento trágico en el asunto pero, después de todo, de eso va la vida: digo, lean a Shakespeare o vuelvan a las tremebundas fábulas de los clásicos griegos, cuentos implacables de incestos, parricidios, traiciones, asesinatos y adulterios. Britney es una pobre aficionada.
Me gusta mucho, de la misma manera, el tema de Cécilia, la mujer del presidente francés Sarkozy: para empezar, ni se apareció durante la campaña aparte de exhibirse por Nueva York con el amante. ¿Le afectó en algo a la República Francesa este asunto? Para nada. Francia sigue en pie aunque el futuro de su modelo es un tanto incierto. Por contra, veamos lo que nos ocurrió aquí con esa “pareja presidencial” tan mona y tan adecuada: Fox, un tipo que se ufanaba abiertamente de estar “enamorado”, dejó que su esposita se metiera descaradamente en los asuntos de la nación. El perjuicio fue enorme. Los conservadores, por lo general, son gente muy nociva.
No debería decirlo pero me encanta la historia de Britney Spears; he ahí a la más convencional de las estrellas del pop yanqui, la chica alegre de las cancioncitas bobas y quintaescencia del éxito comercial –en oposición, por ejemplo, a los cantantes underground del rock (si es que todavía existe el género en esta época de descarnada complacencia a la facilidad)— devenida, de pronto, en una mala mujer. Su estrepitoso derrumbe significa la saludable crisis de un modelo estúpido e insoportablemente frívolo. Es como si, de pronto, la derecha religiosa de Estados Unidos (de América) exhibiera todas las miserias de su doble moral gracias a alguna misteriosa epidemia de sinceridad: la esposa del tieso pastor protestante admitiría su relación lésbica con la querida del presidente de club de observadores de aves, el hijo del director de la escuela confesaría que en su casa se consumen drogas prohibidísimas y el encargado de administrar los donativos de la Cruz Roja revelaría que se quema casi todos los fondos en alegres festejos con prostitutas.
Naturalmente, hay un elemento trágico en el asunto pero, después de todo, de eso va la vida: digo, lean a Shakespeare o vuelvan a las tremebundas fábulas de los clásicos griegos, cuentos implacables de incestos, parricidios, traiciones, asesinatos y adulterios. Britney es una pobre aficionada.
Me gusta mucho, de la misma manera, el tema de Cécilia, la mujer del presidente francés Sarkozy: para empezar, ni se apareció durante la campaña aparte de exhibirse por Nueva York con el amante. ¿Le afectó en algo a la República Francesa este asunto? Para nada. Francia sigue en pie aunque el futuro de su modelo es un tanto incierto. Por contra, veamos lo que nos ocurrió aquí con esa “pareja presidencial” tan mona y tan adecuada: Fox, un tipo que se ufanaba abiertamente de estar “enamorado”, dejó que su esposita se metiera descaradamente en los asuntos de la nación. El perjuicio fue enorme. Los conservadores, por lo general, son gente muy nociva.
Friday, October 5, 2007
El camino hacia la prosperidad II
Román Revueltas Retes
No nos han dejado crecer; no quieren que seamos fuertes; no les conviene. ¿Quiénes son esos que no quieren nuestro desarrollo? Pues los USA, evidentemente. Ahora bien, esta creencia del imperialista avasallador, tan socorrida en Latinoamérica, debería de transmutarse en una acusación dirigida hacia nuestras propias elites que son, mucho más que los conspiradores del extranjero, las responsables del atraso de la región.
Un modelo diseñado para preservar los intereses de las minorías no puede propiciar la creación de riqueza. Pero, nuevamente, no estamos hablando solamente de esos “ricos y poderosos” que López Obrador tiene exclusivamente en la mira sino de la propia estructura de un sistema político que, en vez de atender las verdaderas demandas de la población en su conjunto, fabricó una serie de mitos para asegurar su permanencia en el poder: a Salinas se le acusa de haber instaurado un “neoliberalismo” feroz pero la realidad de las cosas es que sus reformas fueron bastante incompletas; no se atrevió a desmantelar realmente las estructuras corporativas del priismo ni terminó tampoco con las prácticas clientelares. Para mayores señas ¿no tiene todavía el señor Gómez Urrutia el poder de llevar a la quiebra a la industria siderúrgica nacional o, en todo caso, la facultad de seguir haciendo mucho daño? En cuanto a la posibilidad de llevar a cabo una profunda reforma educativa –algo que le urge a este país y que, de no hacerse, compromete fatalmente su futuro— ¿no se interpone acaso la figura de Elba Esther Gordillo en cualquier intento de transformación?
Hay, en el escenario nacional, personajes poderosísimos que determinan el destino de millones de mexicanos. Y, mientras no terminemos con el imperio de las minorías, no habremos de transitar hacia el bienestar. Tan sencillo y tan difícil como eso. A Estados Unidos, mientras tanto, endilguémosle otros pecados, no los que nos tocan. Pues eso.
No nos han dejado crecer; no quieren que seamos fuertes; no les conviene. ¿Quiénes son esos que no quieren nuestro desarrollo? Pues los USA, evidentemente. Ahora bien, esta creencia del imperialista avasallador, tan socorrida en Latinoamérica, debería de transmutarse en una acusación dirigida hacia nuestras propias elites que son, mucho más que los conspiradores del extranjero, las responsables del atraso de la región.
Un modelo diseñado para preservar los intereses de las minorías no puede propiciar la creación de riqueza. Pero, nuevamente, no estamos hablando solamente de esos “ricos y poderosos” que López Obrador tiene exclusivamente en la mira sino de la propia estructura de un sistema político que, en vez de atender las verdaderas demandas de la población en su conjunto, fabricó una serie de mitos para asegurar su permanencia en el poder: a Salinas se le acusa de haber instaurado un “neoliberalismo” feroz pero la realidad de las cosas es que sus reformas fueron bastante incompletas; no se atrevió a desmantelar realmente las estructuras corporativas del priismo ni terminó tampoco con las prácticas clientelares. Para mayores señas ¿no tiene todavía el señor Gómez Urrutia el poder de llevar a la quiebra a la industria siderúrgica nacional o, en todo caso, la facultad de seguir haciendo mucho daño? En cuanto a la posibilidad de llevar a cabo una profunda reforma educativa –algo que le urge a este país y que, de no hacerse, compromete fatalmente su futuro— ¿no se interpone acaso la figura de Elba Esther Gordillo en cualquier intento de transformación?
Hay, en el escenario nacional, personajes poderosísimos que determinan el destino de millones de mexicanos. Y, mientras no terminemos con el imperio de las minorías, no habremos de transitar hacia el bienestar. Tan sencillo y tan difícil como eso. A Estados Unidos, mientras tanto, endilguémosle otros pecados, no los que nos tocan. Pues eso.
El camino hacia la prosperidad
Román Revueltas Retes
Se espera mucho de los gobiernos pero es muy poco lo que pueden hacer para propiciar el bienestar excepto tomar la decisión de dejar de estorbar. Es mucho pedir, por lo que parece. Y es que la tentación estatista es demasiado grande en la mayoría de los responsables políticos. Los ciudadanos, por su parte, exigen una cantidad interminable de derechos y atenciones. Comencé esta pequeña serie de artículos diciendo precisamente que cuando el Estado no cumple con sus obligaciones son las sociedades las que arman, de manera espontánea, sus propias redes de protección. El problema es que todo cuesta: cuando la costurera deja de ir a trabajar para atender un “problema familiar” no sólo está afectando su propia economía sino contribuyendo a la falta de productividad nacional; y, a pesar de que la solidaridad es un valor social muy importante, no deja de haber un elemento parasitario en la petición de ayuda por parte de un familiar o de un amigo. En este sentido, la existencia de las satanizadas tarjetas de crédito es una especie de bendición de la modernidad: cuando te hace falta dinero, no tienes que pedir “favores”. El cajero automático te “presta” según tu capacidad de pago. No es una obra de caridad, desde luego, pero el hecho de que debas amortizar intereses establece una relación contractual muy clara entre las partes: es un trato entre entidades responsables, no una transacción privada sujeta a los caprichos o la deshonestidad del deudor.
Pues bien, una de las aspiraciones inconscientes de los pueblos en las sociedades poco desarrolladas es, precisamente, la de ser asistidos y amparados de manera absoluta por esa entelequia suprema que es el Estado. Tal demanda se deriva de la falta de oportunidades, naturalmente, pero refleja también una mentalidad particular; de ahí, justamente, la perniciosa supervivencia del paternalismo gubernamental que, en el fondo, no es más que un mecanismo de control para preservar el poder político. Y también cuesta mucho dinero.
Se espera mucho de los gobiernos pero es muy poco lo que pueden hacer para propiciar el bienestar excepto tomar la decisión de dejar de estorbar. Es mucho pedir, por lo que parece. Y es que la tentación estatista es demasiado grande en la mayoría de los responsables políticos. Los ciudadanos, por su parte, exigen una cantidad interminable de derechos y atenciones. Comencé esta pequeña serie de artículos diciendo precisamente que cuando el Estado no cumple con sus obligaciones son las sociedades las que arman, de manera espontánea, sus propias redes de protección. El problema es que todo cuesta: cuando la costurera deja de ir a trabajar para atender un “problema familiar” no sólo está afectando su propia economía sino contribuyendo a la falta de productividad nacional; y, a pesar de que la solidaridad es un valor social muy importante, no deja de haber un elemento parasitario en la petición de ayuda por parte de un familiar o de un amigo. En este sentido, la existencia de las satanizadas tarjetas de crédito es una especie de bendición de la modernidad: cuando te hace falta dinero, no tienes que pedir “favores”. El cajero automático te “presta” según tu capacidad de pago. No es una obra de caridad, desde luego, pero el hecho de que debas amortizar intereses establece una relación contractual muy clara entre las partes: es un trato entre entidades responsables, no una transacción privada sujeta a los caprichos o la deshonestidad del deudor.
Pues bien, una de las aspiraciones inconscientes de los pueblos en las sociedades poco desarrolladas es, precisamente, la de ser asistidos y amparados de manera absoluta por esa entelequia suprema que es el Estado. Tal demanda se deriva de la falta de oportunidades, naturalmente, pero refleja también una mentalidad particular; de ahí, justamente, la perniciosa supervivencia del paternalismo gubernamental que, en el fondo, no es más que un mecanismo de control para preservar el poder político. Y también cuesta mucho dinero.
Thursday, October 4, 2007
No hay plata… ¿lo entienden?
Román Revueltas Retes
Cuando se olvida de gruñir adjetivos, López Obrador articula un discurso tremendamente eficaz. Honor a quien honor merece. Sus cuentas alegres, por ejemplo: si los altos funcionarios de la Administración (de los gastos médicos de los zánganos del Congreso no habla el ex candidato perdedor) no enviaran a sus mujercitas a coserse los pellejos del pescuezo en Houston o si a ellos mismos no les cauterizaran las hemorroides en Rochester, el supremo Gobierno se ahorraría, no sé, unos mil millones de pesos; le sumas (o le restas) la cancelación del seguro de “terminación de encargo” –o como se llame— de los jefes de departamento y ya vas en dos mil; le añades (o le quitas) la cacareada reducción a la mitad de los salarios de los empleados públicos y juntas 5 mil millones; otros recortes por aquí, otros por allá y, total, a finales de año amasaste un cantidad fenomenal de lana, algo así como 10 mil millones de pesos mexicanos. Lo que se iba a recaudar con el gasolinazo.
O sea, que no hace falta joder al pueblo con impuestos. No señor. Basta con disminuir el gasto de los arrogantes mandamases de nuestra función pública, esa runfla de manirrotos que dilapidan alegremente el dinero de los sufridos ciudadanos: ya no más comilonas en los restaurantes de postín ni viajes a reuniones protocolarias en países exóticos ni esquelas publicadas en los diarios de circulación nacional cuando revienta alguno distinguido miembro de la parentela del ministro. Y que el celular (de tarjeta de prepago) se lo agencien ellos; y que no los escolten guaruras; y que conduzcan todos Tsurus pero sin Nicos sabrosamente remunerados. Hasta ahí la receta presupuestal de Rayito. Para qué queremos reforma fiscal. Que con su pan se la coman.
No deja de ser tentadora y vagamente convincente, la oferta. Sobre todo que, efectivamente, los recursos públicos se tiran a la basura. Se derrochan en fastos estúpidos y en gastos improductivos. Eso lo sabemos todos: tu prima, los hijos putativos de ella, la media hermana de su suegro de él (¿y quién es él?) y el jardinero que se trinca a la mucama de la casa de ellos. Pero, encima, toda esta gente está absolutamente convencida de que sí hay plata en este país. Lo que pasa es que se la roban. ¿Quiénes? Pues los de siempre: los politicastros, los gobernantes y los “ricos y los poderosos”. Basta, por lo tanto, con administrar honradamente los recursos del erario para que la guita (dinero, en argentino) alcance para dar y repartir.
Se trata de una versión más del cuento de siempre de la izquierda: la riqueza se reparte, no hay que generarla ni propiciarla. Ya está ahí, acaparada por una casta de parasitarios privilegiados a los que hay que poner en su lugar. Y, si te fijas, siempre es asunto de quitarle algo a alguien: ¿qué otra cosa, si no, es la propuesta de reducir a la mitad los sueldos de la alta burocracia nacional? Así van a entender, encima, su verdadera vocación: se trabaja en el sector público para servir al prójimo, no para ganar dinero, faltaría más.
En el otro extremo del abanico social, esos millones de pobres a los que, en efecto, no hay manera de sacarles un centavo porque no tienen nada. No les toca a ellos la salvación del país. Son receptores netos de ayudas, nada más. Nos han dicho por ahí que la pobreza extrema ha disminuido sustancialmente en México. Qué bueno. El problema es que, muy pronto, el dinero no sólo va a dejar de alcanzar para aplicar las políticas sociales más básicas sino que la crisis fiscal del Estado mexicano amenazará todos los renglones de la vida pública: entre otras catástrofes anunciadas, no habrá con qué pagar las pensiones; por ejemplo, en el caso del IMSS, la totalidad de sus recursos se destinarán a las retribuciones de sus empleados, activos y jubilados. ¿Quieres una aspirina? Págatela de tu bolsillo.
Hoy día, algo así como el 70 por cien del presupuesto de la nación se destina al pago de… salarios. Con el resto se cubre la deuda y se realizan algunas obras. Eso es todo. Así estamos. Lo más desesperanzador de todo es que venimos de un sexenio de ingresos absolutamente excepcionales y extraordinarios gracias a los altísimos precios internacionales del petróleo. ¿Qué pasó con ese dinero? ¿Dónde están las carreteras, las escuelas, los hospitales, etcétera?
Dentro de poco, sin petróleo, sin impuestos y con unas enormes obligaciones, todo será mucho peor. Y llegado el momento, no tendremos más remedio que afrontar las cosas de verdad, sin evasiones ni ocultamientos. Desde luego, ya no será cuestión de cifras alegres ni de milagrosas recetas aplicables bajo el modelo de la “honestidad valiente”. No habrá alternativas ni soluciones fáciles. Habrá “sangre, sudor y lágrimas”. ¿Quién fue el valiente que dijo eso?
Cuando se olvida de gruñir adjetivos, López Obrador articula un discurso tremendamente eficaz. Honor a quien honor merece. Sus cuentas alegres, por ejemplo: si los altos funcionarios de la Administración (de los gastos médicos de los zánganos del Congreso no habla el ex candidato perdedor) no enviaran a sus mujercitas a coserse los pellejos del pescuezo en Houston o si a ellos mismos no les cauterizaran las hemorroides en Rochester, el supremo Gobierno se ahorraría, no sé, unos mil millones de pesos; le sumas (o le restas) la cancelación del seguro de “terminación de encargo” –o como se llame— de los jefes de departamento y ya vas en dos mil; le añades (o le quitas) la cacareada reducción a la mitad de los salarios de los empleados públicos y juntas 5 mil millones; otros recortes por aquí, otros por allá y, total, a finales de año amasaste un cantidad fenomenal de lana, algo así como 10 mil millones de pesos mexicanos. Lo que se iba a recaudar con el gasolinazo.
O sea, que no hace falta joder al pueblo con impuestos. No señor. Basta con disminuir el gasto de los arrogantes mandamases de nuestra función pública, esa runfla de manirrotos que dilapidan alegremente el dinero de los sufridos ciudadanos: ya no más comilonas en los restaurantes de postín ni viajes a reuniones protocolarias en países exóticos ni esquelas publicadas en los diarios de circulación nacional cuando revienta alguno distinguido miembro de la parentela del ministro. Y que el celular (de tarjeta de prepago) se lo agencien ellos; y que no los escolten guaruras; y que conduzcan todos Tsurus pero sin Nicos sabrosamente remunerados. Hasta ahí la receta presupuestal de Rayito. Para qué queremos reforma fiscal. Que con su pan se la coman.
No deja de ser tentadora y vagamente convincente, la oferta. Sobre todo que, efectivamente, los recursos públicos se tiran a la basura. Se derrochan en fastos estúpidos y en gastos improductivos. Eso lo sabemos todos: tu prima, los hijos putativos de ella, la media hermana de su suegro de él (¿y quién es él?) y el jardinero que se trinca a la mucama de la casa de ellos. Pero, encima, toda esta gente está absolutamente convencida de que sí hay plata en este país. Lo que pasa es que se la roban. ¿Quiénes? Pues los de siempre: los politicastros, los gobernantes y los “ricos y los poderosos”. Basta, por lo tanto, con administrar honradamente los recursos del erario para que la guita (dinero, en argentino) alcance para dar y repartir.
Se trata de una versión más del cuento de siempre de la izquierda: la riqueza se reparte, no hay que generarla ni propiciarla. Ya está ahí, acaparada por una casta de parasitarios privilegiados a los que hay que poner en su lugar. Y, si te fijas, siempre es asunto de quitarle algo a alguien: ¿qué otra cosa, si no, es la propuesta de reducir a la mitad los sueldos de la alta burocracia nacional? Así van a entender, encima, su verdadera vocación: se trabaja en el sector público para servir al prójimo, no para ganar dinero, faltaría más.
En el otro extremo del abanico social, esos millones de pobres a los que, en efecto, no hay manera de sacarles un centavo porque no tienen nada. No les toca a ellos la salvación del país. Son receptores netos de ayudas, nada más. Nos han dicho por ahí que la pobreza extrema ha disminuido sustancialmente en México. Qué bueno. El problema es que, muy pronto, el dinero no sólo va a dejar de alcanzar para aplicar las políticas sociales más básicas sino que la crisis fiscal del Estado mexicano amenazará todos los renglones de la vida pública: entre otras catástrofes anunciadas, no habrá con qué pagar las pensiones; por ejemplo, en el caso del IMSS, la totalidad de sus recursos se destinarán a las retribuciones de sus empleados, activos y jubilados. ¿Quieres una aspirina? Págatela de tu bolsillo.
Hoy día, algo así como el 70 por cien del presupuesto de la nación se destina al pago de… salarios. Con el resto se cubre la deuda y se realizan algunas obras. Eso es todo. Así estamos. Lo más desesperanzador de todo es que venimos de un sexenio de ingresos absolutamente excepcionales y extraordinarios gracias a los altísimos precios internacionales del petróleo. ¿Qué pasó con ese dinero? ¿Dónde están las carreteras, las escuelas, los hospitales, etcétera?
Dentro de poco, sin petróleo, sin impuestos y con unas enormes obligaciones, todo será mucho peor. Y llegado el momento, no tendremos más remedio que afrontar las cosas de verdad, sin evasiones ni ocultamientos. Desde luego, ya no será cuestión de cifras alegres ni de milagrosas recetas aplicables bajo el modelo de la “honestidad valiente”. No habrá alternativas ni soluciones fáciles. Habrá “sangre, sudor y lágrimas”. ¿Quién fue el valiente que dijo eso?
Tuesday, October 2, 2007
Estos gringos no nos quieren
Jean Meyer
En los últimos años Estados Unidos y México han invocado a su soberanía como Estados nacionales para restringir la entrada de migrantes no autorizados a su territorio y han movilizado sus energías a lo largo de sus fronteras, quién construyendo muros, quién multiplicando arrestos y deportaciones, lo que ha tenido como resultado el aumento del peligro y de los sufrimientos para los que pretenden entrar ilegalmente a México y a los Estados Unidos. La militarización de las fronteras, si bien ha elevado el número de muertos entre los candidatos al viaje, ha resultado como la carabina de Ambrosio, totalmente ineficaz si uno piensa que su meta es poner fin a la entrada de ilegales centroamericanos a México, a la entrada de ilegales mexicanos y latinoamericanos a Estados Unidos.
Nosotros los mexicanos nos olvidamos tranquilamente del problema que tenemos en nuestra frontera sur y también de la llegada cada día mayor de ilegales cubanos en nuestra costa oriental, para lavarnos las manos como Poncio Pilatos y reservar nuestra indignación contra los “gringos”. “Esos gringos no nos quieren” es el dicho más común, la explicación de todos los problemas: por eso no dejan entrar nuestras frutas y verduras, nuestros ilegales y camiones. No es cosa de hoy, ni de ayer, ni será nunca cosa de ayer. Ya van 140 años desde que los mexicanos han tomado el camino del Norte, legal o ilegalmente, para mudarse de país en forma pasajera o, más bien, definitiva. Hace cosa de 140 años que Francisco Bulnes, de paso por Chicago, comentaba con un desdén equivocado: “Chicago no sólo es el lugar donde la especulación es más fuerte, más extensa, más atrevida, es también el punto de reunión de los desgraciados. Parece suficiente a algunos tocar esta ciudad de magnificencias para elevarse instantáneamente sobre la pobreza y dejar para siempre sus harapos.” Pues sí, y Chicago no tardó en volverse una gran ciudad mexicana y hoy es tan mexicana como Ciudad Juárez, Guadalajara, Los Angeles y México Distrito Federal…
Según el censo del 2000, unos 600,000 ciudadanos nuestros vivían en Chicago, de los cuales el 50% había migrado a la ciudad en los últimos diez años. Y el censo no cuenta como mexicanos a los antiguos inmigrantes y a sus descendientes de la décadas anteriores porque aparecen en la categoría “Hispanic” o “Latino”. Nuestro consulado estima que en 2007, en la zona del Gran Chicago hay 1.3 millones de compatriotas nuestros. ¿Qué tal? No nos quieren los gringos, tampoco los queremos, pero su país nos interesa demasiado. Durante cuatro o cinco generaciones, Estados Unidos ha sido una opción para muchos mexicanos. ¿Quién, rico o pobre, clase mediero de la ciudad de México o campesino de los Altos de Chiapas o de la Mixteca, profesor en la UNAM o agricultor de Sinaloa, no tiene un hijo en los yunaites? Hace ochenta años que el antropólogo Paul Taylor rescató un corrido que no envejece: “Los hay más prietos que chapopote/Pero presumen de ser sajón/Andan polveados hasta el cogote/Y usan enaguas por pantalón. /Hablar no quieren muchos paisanos/Lo que su mamá les enseñó/Y andan diciendo que son hispanos/ Y renegando del pabellón”.
Cuando en diciembre regresan los “califas” a su tierra natal, para pasar las fiestas guadalupanas y navideñas, “hablar no quieren lo que su mamá les enseñó” y hablan en voz alta su inglés para que nadie los vaya a confundir con los piojosos que nos quedamos aquí. Pero como hombres (y mujeres) somos y por lo tanto contradictorios, adoramos a Estados Unidos tanto como lo abominamos. Nos quejamos de que “esos gringos no nos quieren”, pero nosotros no cantamos mal la ranchera.
Acuérdense de la rechifla a la Miss USA Rachel Smith, esa chica de 22 años que en la primavera pasada maltratamos en el concurso de la Miss Universo. Ella no es el presidente Bush, ella no ha declarado la guerra a los ilegales, tampoco pertenece a la Patrulla Fronteriza, ni levanta Muro de la Vergüenza a lo largo de nuestra frontera septentrional. La chiflamos en las calles de México cuando salió vestida de Elvis Presley y la rechiflamos mucho más fuerte cuando fue escogida para figurar entre las cinco finalistas. Ciertamente nuestra Miss México, Rosa María Ojeda, no estaba entre las cinco y nuestro orgullo nacional sufría mucho, pero pregunto yo: ¿qué culpa tenía la pobre Rachel? Los testigos dicen que la hostilidad entre el público era tan densa que se podía temer agresiones, otras más que sonoras, que se sentía algo parecido al final del encuentro anual entre UNAM y Politécnico, cuando el público se prepara para la pelea, para el linchamiento.
Cuando la pobre chica se resbaló hasta caerse, la rechifla fue general —sin embargo, hubo algunos valientes para aplaudirla cuando se levantó y prosiguió— al grado de que Mario López, el actor que llevaba el espectáculo, dijo: “Oigan, México, el mundo nos está viendo. Enseñen al mundo que somos de verdad buenos anfitriones”. De nada sirvió y lo peor fue la disculpa que algunos comentaristas le ofrecieron a la víctima de nuestra agresividad: “no es nada personal, no va contra Usted, sino contra los Estados Unidos”. A lo cual ella contestó que sabía muy bien que no se trataba de ella, una chica de 22 años, de un pueblito de Tennessee, que sólo quiere ayudar al mundo, pero que no podía no tomarlo personalmente.
¿Nada personal? Peor tantito entonces, porque eso confirma lo dicho por Jorge Castañeda: es un síntoma de nuestra esquizofrenia frente a Estados Unidos. Nos encontramos más ligados que nunca a nuestro gran vecino, para bien y para mal, y al mismo tiempo Estados Unidos hace aflorar en nosotros lo peor. Tenemos la fama merecida de ser corteses, amables, hasta hospitalarios, y de repente, frente a “esos gringos que no nos quieren”, nos volvemos todo lo contrario. Me dicen que en 1993, cuando hospedamos una primera vez el concurso de Miss Universo, lo mismo pasó: nuestra Miss nacional no llegó a la semifinal y descargamos nuestra ira contra la Miss USA. Ni modo. Pero, ¿cuándo dejaremos de explicar todos nuestros fracasos pasados, presentes y futuros echándole la culpa a los Estados Unidos?
En los últimos años Estados Unidos y México han invocado a su soberanía como Estados nacionales para restringir la entrada de migrantes no autorizados a su territorio y han movilizado sus energías a lo largo de sus fronteras, quién construyendo muros, quién multiplicando arrestos y deportaciones, lo que ha tenido como resultado el aumento del peligro y de los sufrimientos para los que pretenden entrar ilegalmente a México y a los Estados Unidos. La militarización de las fronteras, si bien ha elevado el número de muertos entre los candidatos al viaje, ha resultado como la carabina de Ambrosio, totalmente ineficaz si uno piensa que su meta es poner fin a la entrada de ilegales centroamericanos a México, a la entrada de ilegales mexicanos y latinoamericanos a Estados Unidos.
Nosotros los mexicanos nos olvidamos tranquilamente del problema que tenemos en nuestra frontera sur y también de la llegada cada día mayor de ilegales cubanos en nuestra costa oriental, para lavarnos las manos como Poncio Pilatos y reservar nuestra indignación contra los “gringos”. “Esos gringos no nos quieren” es el dicho más común, la explicación de todos los problemas: por eso no dejan entrar nuestras frutas y verduras, nuestros ilegales y camiones. No es cosa de hoy, ni de ayer, ni será nunca cosa de ayer. Ya van 140 años desde que los mexicanos han tomado el camino del Norte, legal o ilegalmente, para mudarse de país en forma pasajera o, más bien, definitiva. Hace cosa de 140 años que Francisco Bulnes, de paso por Chicago, comentaba con un desdén equivocado: “Chicago no sólo es el lugar donde la especulación es más fuerte, más extensa, más atrevida, es también el punto de reunión de los desgraciados. Parece suficiente a algunos tocar esta ciudad de magnificencias para elevarse instantáneamente sobre la pobreza y dejar para siempre sus harapos.” Pues sí, y Chicago no tardó en volverse una gran ciudad mexicana y hoy es tan mexicana como Ciudad Juárez, Guadalajara, Los Angeles y México Distrito Federal…
Según el censo del 2000, unos 600,000 ciudadanos nuestros vivían en Chicago, de los cuales el 50% había migrado a la ciudad en los últimos diez años. Y el censo no cuenta como mexicanos a los antiguos inmigrantes y a sus descendientes de la décadas anteriores porque aparecen en la categoría “Hispanic” o “Latino”. Nuestro consulado estima que en 2007, en la zona del Gran Chicago hay 1.3 millones de compatriotas nuestros. ¿Qué tal? No nos quieren los gringos, tampoco los queremos, pero su país nos interesa demasiado. Durante cuatro o cinco generaciones, Estados Unidos ha sido una opción para muchos mexicanos. ¿Quién, rico o pobre, clase mediero de la ciudad de México o campesino de los Altos de Chiapas o de la Mixteca, profesor en la UNAM o agricultor de Sinaloa, no tiene un hijo en los yunaites? Hace ochenta años que el antropólogo Paul Taylor rescató un corrido que no envejece: “Los hay más prietos que chapopote/Pero presumen de ser sajón/Andan polveados hasta el cogote/Y usan enaguas por pantalón. /Hablar no quieren muchos paisanos/Lo que su mamá les enseñó/Y andan diciendo que son hispanos/ Y renegando del pabellón”.
Cuando en diciembre regresan los “califas” a su tierra natal, para pasar las fiestas guadalupanas y navideñas, “hablar no quieren lo que su mamá les enseñó” y hablan en voz alta su inglés para que nadie los vaya a confundir con los piojosos que nos quedamos aquí. Pero como hombres (y mujeres) somos y por lo tanto contradictorios, adoramos a Estados Unidos tanto como lo abominamos. Nos quejamos de que “esos gringos no nos quieren”, pero nosotros no cantamos mal la ranchera.
Acuérdense de la rechifla a la Miss USA Rachel Smith, esa chica de 22 años que en la primavera pasada maltratamos en el concurso de la Miss Universo. Ella no es el presidente Bush, ella no ha declarado la guerra a los ilegales, tampoco pertenece a la Patrulla Fronteriza, ni levanta Muro de la Vergüenza a lo largo de nuestra frontera septentrional. La chiflamos en las calles de México cuando salió vestida de Elvis Presley y la rechiflamos mucho más fuerte cuando fue escogida para figurar entre las cinco finalistas. Ciertamente nuestra Miss México, Rosa María Ojeda, no estaba entre las cinco y nuestro orgullo nacional sufría mucho, pero pregunto yo: ¿qué culpa tenía la pobre Rachel? Los testigos dicen que la hostilidad entre el público era tan densa que se podía temer agresiones, otras más que sonoras, que se sentía algo parecido al final del encuentro anual entre UNAM y Politécnico, cuando el público se prepara para la pelea, para el linchamiento.
Cuando la pobre chica se resbaló hasta caerse, la rechifla fue general —sin embargo, hubo algunos valientes para aplaudirla cuando se levantó y prosiguió— al grado de que Mario López, el actor que llevaba el espectáculo, dijo: “Oigan, México, el mundo nos está viendo. Enseñen al mundo que somos de verdad buenos anfitriones”. De nada sirvió y lo peor fue la disculpa que algunos comentaristas le ofrecieron a la víctima de nuestra agresividad: “no es nada personal, no va contra Usted, sino contra los Estados Unidos”. A lo cual ella contestó que sabía muy bien que no se trataba de ella, una chica de 22 años, de un pueblito de Tennessee, que sólo quiere ayudar al mundo, pero que no podía no tomarlo personalmente.
¿Nada personal? Peor tantito entonces, porque eso confirma lo dicho por Jorge Castañeda: es un síntoma de nuestra esquizofrenia frente a Estados Unidos. Nos encontramos más ligados que nunca a nuestro gran vecino, para bien y para mal, y al mismo tiempo Estados Unidos hace aflorar en nosotros lo peor. Tenemos la fama merecida de ser corteses, amables, hasta hospitalarios, y de repente, frente a “esos gringos que no nos quieren”, nos volvemos todo lo contrario. Me dicen que en 1993, cuando hospedamos una primera vez el concurso de Miss Universo, lo mismo pasó: nuestra Miss nacional no llegó a la semifinal y descargamos nuestra ira contra la Miss USA. Ni modo. Pero, ¿cuándo dejaremos de explicar todos nuestros fracasos pasados, presentes y futuros echándole la culpa a los Estados Unidos?
El camino hacia la prosperidad
Román Revueltas Retes
No seremos ricos mientras sigan mandando aquí las minorías. Lo curioso es que estos pocos –los que cortan el pastel y lo reparten— no son necesariamente esos “ricos y poderosos” tan denostados por López Obrador sino muchos otros grupos que, paradójicamente, no figuraron para nada en el discurso justiciero del ex candidato perdedor: nunca se le escuchó siquiera mencionar los nombres de los tenebrosos líderes obreros que nos heredó el antiguo régimen, jamás habló de promover la creación de sindicatos independientes y tampoco propuso celebrar votaciones libres y secretas para elegir a los mandamases de las centrales. De la misma manera, no denunció a las mafias del comercio ambulante ni amenazó a los piratas. Para él, toda esta última gente se gana la vida como puede porque nuestro sistema económico es fundamentalmente injusto y ello no sólo justifica cualquier quebradura del orden establecido –es decir, las leyes y los reglamentos— sino hasta la barbarie pura y simple de las masas por cuenta de sus rasgos culturales (Tláhuac).
El asunto, más allá de las ideologías (y de los mitos), es que el precio que pagamos por no recuperar los espacios que realmente nos pertenecen a todos es enorme. Para muestra, un botón: la tremebunda prohibición constitucional de abrir el sector energético. En el norte de Europa, por ejemplo, puedes instalar celdas solares en el techo de tu casa para generar electricidad y, si te sobra, la puedes vender. Aquí, la mera apertura de un pequeño negocio está condicionada a la posibilidad de que un proveedor, uno solo, te proporcione la corriente que necesitas y, naturalmente, resulta que los monopolios estatales simplemente no tienen la capacidad para suministrar la energía que el país necesita. Y nos dicen que esto es… ¡soberanía! De tal manera, todo un país se cierra y se va quedando en el camino. Eso sí, hay que salvaguardar a perpetuidad los intereses de los empleados de Luz y Fuerza del Centro. Por cierto ¿por quién votan?
No seremos ricos mientras sigan mandando aquí las minorías. Lo curioso es que estos pocos –los que cortan el pastel y lo reparten— no son necesariamente esos “ricos y poderosos” tan denostados por López Obrador sino muchos otros grupos que, paradójicamente, no figuraron para nada en el discurso justiciero del ex candidato perdedor: nunca se le escuchó siquiera mencionar los nombres de los tenebrosos líderes obreros que nos heredó el antiguo régimen, jamás habló de promover la creación de sindicatos independientes y tampoco propuso celebrar votaciones libres y secretas para elegir a los mandamases de las centrales. De la misma manera, no denunció a las mafias del comercio ambulante ni amenazó a los piratas. Para él, toda esta última gente se gana la vida como puede porque nuestro sistema económico es fundamentalmente injusto y ello no sólo justifica cualquier quebradura del orden establecido –es decir, las leyes y los reglamentos— sino hasta la barbarie pura y simple de las masas por cuenta de sus rasgos culturales (Tláhuac).
El asunto, más allá de las ideologías (y de los mitos), es que el precio que pagamos por no recuperar los espacios que realmente nos pertenecen a todos es enorme. Para muestra, un botón: la tremebunda prohibición constitucional de abrir el sector energético. En el norte de Europa, por ejemplo, puedes instalar celdas solares en el techo de tu casa para generar electricidad y, si te sobra, la puedes vender. Aquí, la mera apertura de un pequeño negocio está condicionada a la posibilidad de que un proveedor, uno solo, te proporcione la corriente que necesitas y, naturalmente, resulta que los monopolios estatales simplemente no tienen la capacidad para suministrar la energía que el país necesita. Y nos dicen que esto es… ¡soberanía! De tal manera, todo un país se cierra y se va quedando en el camino. Eso sí, hay que salvaguardar a perpetuidad los intereses de los empleados de Luz y Fuerza del Centro. Por cierto ¿por quién votan?
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