Friday, October 5, 2007

El camino hacia la prosperidad

Román Revueltas Retes

Se espera mucho de los gobiernos pero es muy poco lo que pueden hacer para propiciar el bienestar excepto tomar la decisión de dejar de estorbar. Es mucho pedir, por lo que parece. Y es que la tentación estatista es demasiado grande en la mayoría de los responsables políticos. Los ciudadanos, por su parte, exigen una cantidad interminable de derechos y atenciones. Comencé esta pequeña serie de artículos diciendo precisamente que cuando el Estado no cumple con sus obligaciones son las sociedades las que arman, de manera espontánea, sus propias redes de protección. El problema es que todo cuesta: cuando la costurera deja de ir a trabajar para atender un “problema familiar” no sólo está afectando su propia economía sino contribuyendo a la falta de productividad nacional; y, a pesar de que la solidaridad es un valor social muy importante, no deja de haber un elemento parasitario en la petición de ayuda por parte de un familiar o de un amigo. En este sentido, la existencia de las satanizadas tarjetas de crédito es una especie de bendición de la modernidad: cuando te hace falta dinero, no tienes que pedir “favores”. El cajero automático te “presta” según tu capacidad de pago. No es una obra de caridad, desde luego, pero el hecho de que debas amortizar intereses establece una relación contractual muy clara entre las partes: es un trato entre entidades responsables, no una transacción privada sujeta a los caprichos o la deshonestidad del deudor.

Pues bien, una de las aspiraciones inconscientes de los pueblos en las sociedades poco desarrolladas es, precisamente, la de ser asistidos y amparados de manera absoluta por esa entelequia suprema que es el Estado. Tal demanda se deriva de la falta de oportunidades, naturalmente, pero refleja también una mentalidad particular; de ahí, justamente, la perniciosa supervivencia del paternalismo gubernamental que, en el fondo, no es más que un mecanismo de control para preservar el poder político. Y también cuesta mucho dinero.

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