Tuesday, October 2, 2007

Estos gringos no nos quieren

Jean Meyer

En los últimos años Estados Unidos y México han invocado a su soberanía como Estados nacionales para restringir la entrada de migrantes no autorizados a su territorio y han movilizado sus energías a lo largo de sus fronteras, quién construyendo muros, quién multiplicando arrestos y deportaciones, lo que ha tenido como resultado el aumento del peligro y de los sufrimientos para los que pretenden entrar ilegalmente a México y a los Estados Unidos. La militarización de las fronteras, si bien ha elevado el número de muertos entre los candidatos al viaje, ha resultado como la carabina de Ambrosio, totalmente ineficaz si uno piensa que su meta es poner fin a la entrada de ilegales centroamericanos a México, a la entrada de ilegales mexicanos y latinoamericanos a Estados Unidos.

Nosotros los mexicanos nos olvidamos tranquilamente del problema que tenemos en nuestra frontera sur y también de la llegada cada día mayor de ilegales cubanos en nuestra costa oriental, para lavarnos las manos como Poncio Pilatos y reservar nuestra indignación contra los “gringos”. “Esos gringos no nos quieren” es el dicho más común, la explicación de todos los problemas: por eso no dejan entrar nuestras frutas y verduras, nuestros ilegales y camiones. No es cosa de hoy, ni de ayer, ni será nunca cosa de ayer. Ya van 140 años desde que los mexicanos han tomado el camino del Norte, legal o ilegalmente, para mudarse de país en forma pasajera o, más bien, definitiva. Hace cosa de 140 años que Francisco Bulnes, de paso por Chicago, comentaba con un desdén equivocado: “Chicago no sólo es el lugar donde la especulación es más fuerte, más extensa, más atrevida, es también el punto de reunión de los desgraciados. Parece suficiente a algunos tocar esta ciudad de magnificencias para elevarse instantáneamente sobre la pobreza y dejar para siempre sus harapos.” Pues sí, y Chicago no tardó en volverse una gran ciudad mexicana y hoy es tan mexicana como Ciudad Juárez, Guadalajara, Los Angeles y México Distrito Federal…

Según el censo del 2000, unos 600,000 ciudadanos nuestros vivían en Chicago, de los cuales el 50% había migrado a la ciudad en los últimos diez años. Y el censo no cuenta como mexicanos a los antiguos inmigrantes y a sus descendientes de la décadas anteriores porque aparecen en la categoría “Hispanic” o “Latino”. Nuestro consulado estima que en 2007, en la zona del Gran Chicago hay 1.3 millones de compatriotas nuestros. ¿Qué tal? No nos quieren los gringos, tampoco los queremos, pero su país nos interesa demasiado. Durante cuatro o cinco generaciones, Estados Unidos ha sido una opción para muchos mexicanos. ¿Quién, rico o pobre, clase mediero de la ciudad de México o campesino de los Altos de Chiapas o de la Mixteca, profesor en la UNAM o agricultor de Sinaloa, no tiene un hijo en los yunaites? Hace ochenta años que el antropólogo Paul Taylor rescató un corrido que no envejece: “Los hay más prietos que chapopote/Pero presumen de ser sajón/Andan polveados hasta el cogote/Y usan enaguas por pantalón. /Hablar no quieren muchos paisanos/Lo que su mamá les enseñó/Y andan diciendo que son hispanos/ Y renegando del pabellón”.

Cuando en diciembre regresan los “califas” a su tierra natal, para pasar las fiestas guadalupanas y navideñas, “hablar no quieren lo que su mamá les enseñó” y hablan en voz alta su inglés para que nadie los vaya a confundir con los piojosos que nos quedamos aquí. Pero como hombres (y mujeres) somos y por lo tanto contradictorios, adoramos a Estados Unidos tanto como lo abominamos. Nos quejamos de que “esos gringos no nos quieren”, pero nosotros no cantamos mal la ranchera.

Acuérdense de la rechifla a la Miss USA Rachel Smith, esa chica de 22 años que en la primavera pasada maltratamos en el concurso de la Miss Universo. Ella no es el presidente Bush, ella no ha declarado la guerra a los ilegales, tampoco pertenece a la Patrulla Fronteriza, ni levanta Muro de la Vergüenza a lo largo de nuestra frontera septentrional. La chiflamos en las calles de México cuando salió vestida de Elvis Presley y la rechiflamos mucho más fuerte cuando fue escogida para figurar entre las cinco finalistas. Ciertamente nuestra Miss México, Rosa María Ojeda, no estaba entre las cinco y nuestro orgullo nacional sufría mucho, pero pregunto yo: ¿qué culpa tenía la pobre Rachel? Los testigos dicen que la hostilidad entre el público era tan densa que se podía temer agresiones, otras más que sonoras, que se sentía algo parecido al final del encuentro anual entre UNAM y Politécnico, cuando el público se prepara para la pelea, para el linchamiento.

Cuando la pobre chica se resbaló hasta caerse, la rechifla fue general —sin embargo, hubo algunos valientes para aplaudirla cuando se levantó y prosiguió— al grado de que Mario López, el actor que llevaba el espectáculo, dijo: “Oigan, México, el mundo nos está viendo. Enseñen al mundo que somos de verdad buenos anfitriones”. De nada sirvió y lo peor fue la disculpa que algunos comentaristas le ofrecieron a la víctima de nuestra agresividad: “no es nada personal, no va contra Usted, sino contra los Estados Unidos”. A lo cual ella contestó que sabía muy bien que no se trataba de ella, una chica de 22 años, de un pueblito de Tennessee, que sólo quiere ayudar al mundo, pero que no podía no tomarlo personalmente.

¿Nada personal? Peor tantito entonces, porque eso confirma lo dicho por Jorge Castañeda: es un síntoma de nuestra esquizofrenia frente a Estados Unidos. Nos encontramos más ligados que nunca a nuestro gran vecino, para bien y para mal, y al mismo tiempo Estados Unidos hace aflorar en nosotros lo peor. Tenemos la fama merecida de ser corteses, amables, hasta hospitalarios, y de repente, frente a “esos gringos que no nos quieren”, nos volvemos todo lo contrario. Me dicen que en 1993, cuando hospedamos una primera vez el concurso de Miss Universo, lo mismo pasó: nuestra Miss nacional no llegó a la semifinal y descargamos nuestra ira contra la Miss USA. Ni modo. Pero, ¿cuándo dejaremos de explicar todos nuestros fracasos pasados, presentes y futuros echándole la culpa a los Estados Unidos?

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