Román Revueltas Retes
En la portada del semanario Newsweek, Mike Bloomberg, alcalde de Nueva York. Un tipo que no nació rico. Hoy, su fortuna alcanza unos mil millones de dólares. Nada en comparación de la plata del yanqui Warren Buffett o del indio Lakshmi Mittal o del mexicano Carlos Slim. Pero es una muy buena lana de todas maneras. El tema del artículo es que nuestro personaje a lo mejor se lanza como aspirante a la candidatura presidencial del Partido Republicano; le disputaría el lugar ni más ni menos que a su antecesor, Rudy Giuliani, el hombre que, con mano de hierro, capitaneó la resurrección de la Gran Manzana.
En fin, el asunto es que en las páginas interiores de la revista aparece una fotografía de Bloomberg en el andén de una estación del Metro, esperando la llegada del tren. Así se dirige a la oficina, todos los días, como un anónimo ciudadano del montón. En la imagen, el alcalde no aparece rodeado de guardaespaldas ni de “ayudantes” ni de curiosos ni de peticionarios. No. Así es Nueva York, una ciudad donde los grandes personajes pueden desvanecerse en el paisaje de la cotidianidad sin que a nadie se le ocurra siquiera importunarlos. Pero, hay algo más: el primer responsable de las políticas públicas de la Urbe de Hierro no necesita alardear, ante sus gobernados, de su sobriedad. Simplemente, toma el Metro y llega al despacho. Nada más. Sin retórica, sin demagogia, sin jactancias ni propagandas. Suponemos que el alcalde disfruta, en el ámbito privado, de todos los privilegios y bondades que proporciona una gran fortuna: la gran mansión, el yate, los coches deportivos, las casas de campo, etcétera. Pero, en su condición de funcionario público, no requiere de un séquito ni de pomposos rituales para hacer su trabajo. Por lo que parece, la política en nuestro vecino país ya no es un asunto de próceres ni de caudillos en línea directa con la Historia (con mayúscula). Es algo mucho menos trascendente. Qué suerte.
Friday, November 30, 2007
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