Friday, November 30, 2007

El tiempo que nos queda

Jean Meyer
El Día de Muertos, concesión histórica de la Iglesia al indestructible culto a los difuntos, a no confundir con la fiesta litúrgica del día anterior, la de Todos los Santos, es un momento de inevitable reflexión. Cuando los visitantes llenan los panteones, mucho más que los templos, uno no puede escapar a la interpelación del misterio. La propagación de la devoción a la Santa Muerte no deja de ser curiosa, por más que uno intente explicarla por los medios masivos de comunicación. Es una torpe contestación a la pregunta de siempre, al deseo de siempre, de evadir la muerte, de encontrar comunicación con los muertos. José Vasconcelos decía que esa era tarea para los ignorantes, “para los ignorantes de la ciencia del más allá, de la ciencia mística; para los que no saben que el postulado mismo de la mística es un postulado metafísico; un postulado que excluye de comunicación por medios físicos.

Está bien que los discípulos de Swedenborg, el Simón Mago de los tiempos modernos, que veía a los muertos en el cielo, con sombrero y todo, recurran a los médium y a las almas de sus amigos muertos, pero los que tenemos en nuestra raza místicos como fray Luis, místicos cuya mente ha sabido comunicarse en forma directa con las potencias divinas, no hallaremos sino disgusto y tedio en las páginas de la Psychical Research. Y seguiremos creyendo que los muertos viven, pero en mundo distinto del nuestro, en un estado en el que no pueden y no anhelan comunicarse con nosotros”. (Obras completas, tomo III, 322).

Pero ignorantes somos todos. El historiador calculó en 80 billones el número de humanos nacidos desde los orígenes, de los cuales la mitad vino al mundo en los dos últimos milenios y 15 mil millones en los dos últimos siglos; 6 mil 700 millones nos encontramos en vida, para un tiempo.

Tiene que ver con el paso de los años, pero la población de mis muertos crece cada día y leo más frecuentemente que antes los obituarios que publican los periódicos; me toca redactar ahora los “in memoriam” no solamente de admirados maestros, sino de queridos compañeros. Cosa de la edad, ciertamente. Esas pequeñas piezas de literatura expresan toda la ambivalencia de nuestra existencia que es muerte a la vez que vida. Puede haber tristeza por una muerte prematura, repentina y por el sufrimiento que la precede o que provoca, pero es también motivo por celebrar la vida llena que tuvo esa persona, vida que dejó un impacto positivo en el mundo. Nos recuerda que en medio de la vida nos encontramos en la muerte, que la muerte es parte de la vida.

Cuando era chico, hace cosa de 50, 60 años, la muerte era parte de la vida cotidiana, la gente vestía de luto, mis compañeros de la escuela primaria llegaban un buen día con alguna insignia negra que señalaba un deceso en la familia; las campanas anunciaban con su tañido peculiar que alguien se estaba muriendo; a la puerta de la casa se colgaban unas cortinas negras y blancas y se instalaba una mesita cubierta de negro con un cuaderno para que uno registrara sus condolencias. Las procesiones, a pie, detrás de la carroza negra con sus caballos engalanados y empenachados del mismo color, eran cotidianas y muy concurridas. Uno se persignaba al verlas pasar. Las pompas fúnebres aquellas son cosas del pasado y está bien así. Todo cambia, todo fluye, como dijo aquel griego hace 2 mil 500 años y no me baño dos veces en el mismo río.

Hoy la última moda es irse con originalidad de este mundo sublunar. El ritual fúnebre se ha convertido en muchos países en un acontecimiento social preparado por empresas que organizan el último adiós, igual que organizan las bodas o las fiestas de las quinceañeras. Acuérdense del famoso anuncio, ya antiguo: “Muérase usted, nosotros nos encargamos de todo lo demás”. De las pompas fúnebres tradicionales, muy ligadas a las iglesias católica y protestantes, pasamos al negocio empresarial que vende al futuro muerto la organización de su última despedida. La última moda es un sepelio original bajo el lema: “Yo invento mi funeral” (con ayuda de la empresa, claro). He recibido ya anuncios en ese sentido. Como dice una funeraria estadounidense: “A vuestra generación (la mía) les gusta tenerlo todo bajo control, desde la comida hasta los discursos y el tipo de servicio, y éste es un ámbito en que los consumidores sienten que carecen de control”. En la red se lee: “Puedes preparar el último paso de tu vida en la misma forma que se escoge una universidad, se prepara una boda, se compra una casa, se hacen planes para la jubilación”. Uno se sorprende de repente de extrañar un entierro en tierra bruta, envuelto en una sábana.

Ha cambiado la manera de sepultar y ha cambiado la manera de morir. La que cuenta Luis González en su maravilloso Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia era la tradicional; uno moría en casa, acompañado por los suyos, confiado. El pueblo cristiano le temía a la muerte súbita, instantánea que anhelamos ahora, porque imposibilitaba la preparación, el tránsito consciente. Esos campesinos mexicanos seguían en la línea de los grandes místicos: “Dios no quiere nuestra muerte y nuestro abandono, sino para restablecernos en el gozo”. La muerte como nacimiento. “¿O Muerte, dónde está tu victoria, dónde tu aguijón?”, exclama san Pablo.

En una entrevista publicada en el Spiegel del 23 de julio pasado, Alexander Solzhenitsyn dice a sus 88 años que “para mí la fe es el fundamento y el soporte de mi vida”. Al periodista que le pregunta si le teme a la muerte, contesta:

“No, ya no le tengo miedo a la muerte. Cuando era joven, la muerte de mi padre a los 27 años, proyectaba una sombra sobre mí y le temía a la muerte antes de haber podido realizar todos mis proyectos literarios. Pero entre los 30 y 40 años mi actitud cambió, se volvió tranquila y equilibrada. Siento la muerte como natural y no es el fin de la existencia”. El entrevistador le dice: “De todos modos le deseamos muchos años de vida creadora”. “No, no —contesta Alexander Solzhenitsyn— no le haga. Ya basta”.

Tenemos derecho a todo

Román Revueltas Retes
He conocido gente que, con la mano en la cintura, te suelta que ha robado ejemplares en las librerías. Y te lo dicen como si fuera algo perfectamente aceptable. Es más, se trataría de una especie de derecho natural: es por el bien del espíritu, luego entonces se justifica de necesidad. La misma lógica debería de llevarte a robar comida en un supermercado siendo que el cuerpo humano puede vivir sin lectura pero se consume fatalmente por poco que le falten calorías.
En fin, hay ciertas confusiones –muy perniciosas, a mi entender— en lo que se refiere a las prerrogativas que merecemos. Hace algunos días, una turba de estudiantes tomó por asalto las instalaciones del Congreso local en Chilpancingo: querían garantías y facilidades de la misma manera como, en el DeFectuoso, los aspirantes a las carreras que ofrece el Politécnico exigen entrar a como dé lugar, aunque no hayan aprobado el examen de ingreso, y bloquean en protesta las avenidas por donde circula el resto de los ciudadanos. Lo asombroso del asunto es que esta cultura de lo asistencial se propicia desde el poder mismo. Por ejemplo, existe la consigna oficial de no reprobar a los alumnos de las escuelas públicas; sería algo injusto, por lo que parece. De tal manera, todos pasan, hagan méritos o no, sean haraganes o cumplidores, íntegros o irresponsables. No opera aquí el más mínimo criterio de selección. Luego, esos jóvenes mexicanos se encuentran de pronto confrontados una cadena de exigencias pero sin la menor disposición personal para cumplirlas: en la vida real, descubren un mundo de bajos salarios, competencia despiadada y muy escasas gratificaciones Un universo donde paradójicamente, los derechos son mínimos y las obligaciones interminables. La vida se vuelve ahí una cuestión de crónicas frustraciones y resentimientos; no se pueden pagar los libros ni mucho menos los gadgets que exhiben los mercaderes. Por suerte, hay caudillos populistas que te pueden llenar el corazón de esperanza. Lo único que te queda.

El alcalde en el Metro

Román Revueltas Retes
En la portada del semanario Newsweek, Mike Bloomberg, alcalde de Nueva York. Un tipo que no nació rico. Hoy, su fortuna alcanza unos mil millones de dólares. Nada en comparación de la plata del yanqui Warren Buffett o del indio Lakshmi Mittal o del mexicano Carlos Slim. Pero es una muy buena lana de todas maneras. El tema del artículo es que nuestro personaje a lo mejor se lanza como aspirante a la candidatura presidencial del Partido Republicano; le disputaría el lugar ni más ni menos que a su antecesor, Rudy Giuliani, el hombre que, con mano de hierro, capitaneó la resurrección de la Gran Manzana.
En fin, el asunto es que en las páginas interiores de la revista aparece una fotografía de Bloomberg en el andén de una estación del Metro, esperando la llegada del tren. Así se dirige a la oficina, todos los días, como un anónimo ciudadano del montón. En la imagen, el alcalde no aparece rodeado de guardaespaldas ni de “ayudantes” ni de curiosos ni de peticionarios. No. Así es Nueva York, una ciudad donde los grandes personajes pueden desvanecerse en el paisaje de la cotidianidad sin que a nadie se le ocurra siquiera importunarlos. Pero, hay algo más: el primer responsable de las políticas públicas de la Urbe de Hierro no necesita alardear, ante sus gobernados, de su sobriedad. Simplemente, toma el Metro y llega al despacho. Nada más. Sin retórica, sin demagogia, sin jactancias ni propagandas. Suponemos que el alcalde disfruta, en el ámbito privado, de todos los privilegios y bondades que proporciona una gran fortuna: la gran mansión, el yate, los coches deportivos, las casas de campo, etcétera. Pero, en su condición de funcionario público, no requiere de un séquito ni de pomposos rituales para hacer su trabajo. Por lo que parece, la política en nuestro vecino país ya no es un asunto de próceres ni de caudillos en línea directa con la Historia (con mayúscula). Es algo mucho menos trascendente. Qué suerte.

Y ahora, la niebla

Román Revueltas Retes
Cuando vuelo, voy siempre con la cara pegada a la ventanilla. Es el síndrome de los que estamos fascinados por la aviación y por las máquinas: las locomotoras del ferrocarril, por ejemplo, son también ingenios maravillosos (especialmente esas gigantescas diesel-eléctricas cuyos motores emiten un rugido portentoso). Este encantamiento no es cosa exclusiva de hombres inmaduros, como pudieran observar burlonamente mis amigas, sino hasta de esas chicas que, ataviadas con los uniformes de las diferentes líneas aéreas, pilotan alegremente los jets de este país (y que luego vengan a decirnos que los mexicanos somos uno de los pueblos más machistas del planeta: señoras y señores, dense una vueltecita por los territorios de Musulmania; por cierto, la fanaticada gobernante de Irán no sólo acaba de prohibir pura y simplemente la reedición de Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez sino que echó a la calle al funcionario censurador que, por distracción o por auténtica candidez, permitió su publicación en primer lugar).
Pues bien, como voy siempre muy atento durante los vuelos, me fijo en cantidad de detalles que a mucha gente suelen importarle un comino: si se despliegan los spoilers para frenar rudamente en el aire, si el aterrizaje es con viento cruzado, si la ruta es la de siempre, etcétera. Y así, alguna vez, con una niebla cerradísima, descendiendo hacia el aeropuerto de Dallas-Fort Worth, me asombró, luego de algunos momentos de auténtica inquietud, descubrir la pista cuando el avión estaba ya a unos diez metros de altura.
El viernes pasé seis horas en el aeropuerto de Durango esperando a que se abriera el espacio aéreo del DeFectuoso y que comenzaran a salir los aviones. Ayer y hoy no pude comprar los diarios nacionales aquí en Aguascalientes: se cancelaron los vuelos matinales desde la capital hacia esta ciudad.
Es obvio que en Texas tienen mejores aeropuertos. Malinchistas, se nos llama a los que hacemos estos comentarios.

Los provocadores

Román Revueltas Retes
Los provocadores, una subespecie inevitable en el mundo real, saben perfectamente lo que hacen. Es más, sacan una ventaja casi inalcanzable al resto de los mortales porque, al no respetar deliberadamente las reglas y llevar las cosas siempre al límite, no dejan más que dos opciones: la de ignorarlos a pesar de que te estén pateando por debajo de la mesa o la otra –que es la que ellos precisamente están buscando— la de reaccionar tú mismo de mala manera tal como le ocurrió a don Juan Carlos, jefe del Estado español. La reacción del hombre no puede más que despertarme una enorme simpatía: es la respuesta, por más airada que haya podido estar, de la razón ante la inefable zafiedad de un individuo absolutamente impresentable, un bufón arrogante, majadero e imbécil que, por aquellas extrañísimas vueltas que da la historia, ha logrado imponer la pequeñez de su persona a un país entero siendo que, no hay que olvidarlo, en Venezuela había una sólida tradición democrática.
De manera que, un saludo respetuoso a Su Majestad. No hay duda alguna de la vocación democrática del Rey de España, país entrañable del que más nos valiera comenzar a aprender cosas, entre otras, la suavidad de su transición hacia un régimen parlamentario y, aún más, la sabiduría que han tenido los españoles para conjugar lo mejor del socialismo con las virtudes de la sociedad abierta, a saber, la economía de mercado, la soberanía del individuo y la creación de riqueza. España, hoy, es un país que está conquistando rápidamente nuevos mercados y que se distingue internacionalmente por su cocina, su moda, su arquitectura y sus logros deportivos. Quien quiera ver en esta nación amiga al conquistador desembarcado aquí hace 500 años está completamente desahuciado en lo que toca a sus aptitudes para vivir en la modernidad. Pero, ya lo sabemos: hay gente que, sumida de manera irremediable en el resentimiento, no logra nunca asumir sus propias responsabilidades ni aceptar gustosamente los retos de la existencia. Para ésos, Chávez está que ni mandado a hacer.