Thursday, October 4, 2007

No hay plata… ¿lo entienden?

Román Revueltas Retes

Cuando se olvida de gruñir adjetivos, López Obrador articula un discurso tremendamente eficaz. Honor a quien honor merece. Sus cuentas alegres, por ejemplo: si los altos funcionarios de la Administración (de los gastos médicos de los zánganos del Congreso no habla el ex candidato perdedor) no enviaran a sus mujercitas a coserse los pellejos del pescuezo en Houston o si a ellos mismos no les cauterizaran las hemorroides en Rochester, el supremo Gobierno se ahorraría, no sé, unos mil millones de pesos; le sumas (o le restas) la cancelación del seguro de “terminación de encargo” –o como se llame— de los jefes de departamento y ya vas en dos mil; le añades (o le quitas) la cacareada reducción a la mitad de los salarios de los empleados públicos y juntas 5 mil millones; otros recortes por aquí, otros por allá y, total, a finales de año amasaste un cantidad fenomenal de lana, algo así como 10 mil millones de pesos mexicanos. Lo que se iba a recaudar con el gasolinazo.

O sea, que no hace falta joder al pueblo con impuestos. No señor. Basta con disminuir el gasto de los arrogantes mandamases de nuestra función pública, esa runfla de manirrotos que dilapidan alegremente el dinero de los sufridos ciudadanos: ya no más comilonas en los restaurantes de postín ni viajes a reuniones protocolarias en países exóticos ni esquelas publicadas en los diarios de circulación nacional cuando revienta alguno distinguido miembro de la parentela del ministro. Y que el celular (de tarjeta de prepago) se lo agencien ellos; y que no los escolten guaruras; y que conduzcan todos Tsurus pero sin Nicos sabrosamente remunerados. Hasta ahí la receta presupuestal de Rayito. Para qué queremos reforma fiscal. Que con su pan se la coman.

No deja de ser tentadora y vagamente convincente, la oferta. Sobre todo que, efectivamente, los recursos públicos se tiran a la basura. Se derrochan en fastos estúpidos y en gastos improductivos. Eso lo sabemos todos: tu prima, los hijos putativos de ella, la media hermana de su suegro de él (¿y quién es él?) y el jardinero que se trinca a la mucama de la casa de ellos. Pero, encima, toda esta gente está absolutamente convencida de que sí hay plata en este país. Lo que pasa es que se la roban. ¿Quiénes? Pues los de siempre: los politicastros, los gobernantes y los “ricos y los poderosos”. Basta, por lo tanto, con administrar honradamente los recursos del erario para que la guita (dinero, en argentino) alcance para dar y repartir.

Se trata de una versión más del cuento de siempre de la izquierda: la riqueza se reparte, no hay que generarla ni propiciarla. Ya está ahí, acaparada por una casta de parasitarios privilegiados a los que hay que poner en su lugar. Y, si te fijas, siempre es asunto de quitarle algo a alguien: ¿qué otra cosa, si no, es la propuesta de reducir a la mitad los sueldos de la alta burocracia nacional? Así van a entender, encima, su verdadera vocación: se trabaja en el sector público para servir al prójimo, no para ganar dinero, faltaría más.

En el otro extremo del abanico social, esos millones de pobres a los que, en efecto, no hay manera de sacarles un centavo porque no tienen nada. No les toca a ellos la salvación del país. Son receptores netos de ayudas, nada más. Nos han dicho por ahí que la pobreza extrema ha disminuido sustancialmente en México. Qué bueno. El problema es que, muy pronto, el dinero no sólo va a dejar de alcanzar para aplicar las políticas sociales más básicas sino que la crisis fiscal del Estado mexicano amenazará todos los renglones de la vida pública: entre otras catástrofes anunciadas, no habrá con qué pagar las pensiones; por ejemplo, en el caso del IMSS, la totalidad de sus recursos se destinarán a las retribuciones de sus empleados, activos y jubilados. ¿Quieres una aspirina? Págatela de tu bolsillo.

Hoy día, algo así como el 70 por cien del presupuesto de la nación se destina al pago de… salarios. Con el resto se cubre la deuda y se realizan algunas obras. Eso es todo. Así estamos. Lo más desesperanzador de todo es que venimos de un sexenio de ingresos absolutamente excepcionales y extraordinarios gracias a los altísimos precios internacionales del petróleo. ¿Qué pasó con ese dinero? ¿Dónde están las carreteras, las escuelas, los hospitales, etcétera?

Dentro de poco, sin petróleo, sin impuestos y con unas enormes obligaciones, todo será mucho peor. Y llegado el momento, no tendremos más remedio que afrontar las cosas de verdad, sin evasiones ni ocultamientos. Desde luego, ya no será cuestión de cifras alegres ni de milagrosas recetas aplicables bajo el modelo de la “honestidad valiente”. No habrá alternativas ni soluciones fáciles. Habrá “sangre, sudor y lágrimas”. ¿Quién fue el valiente que dijo eso?

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