Román Revueltas Retes
La diputadiza del PRD, por lo visto, se está aburguesando. Ha cambiado el “morral por la Suburban”. Lo dice el mismísimo Rayito, un hombre que ha renunciado de tal manera a los placeres de este mundo que no tiene necesidad ya de ganarse la vida como cualquier hijo de vecino y quien, por lo visto, puede arremeter alegremente contra los legisladores de su propio partido sin sentirse obligado a aclararnos cuál es su sueldo como “presidente legítimo” de su república de fantasía y, sobre todo, quién se lo paga.
En fin, el asunto es que López Obrador acaba de lanzar su enésima denuncia pública desde que comenzara su tenaz estrategia de acoso y derribo: los señores representantes perredistas no se fajaron bien los pantalones en el tema de la reforma hacendaria. Hubieran debido detenerla en seco. ¿Cómo? Pues, suponemos que desplegando cierta dosis de violencia y una contundente porción de fuerza bruta. Digo, hasta nuevo aviso, en la Cámara muy baja –bajísima— las decisiones, a pesar de todo, se toman por votación. Así salen las leyes y los decretos, por mayoría. No hay otra manera de proceder. Luego entonces ¿qué les reprocha el ex candidato perdedor a sus correligionarios y, sobre todo, qué les hubiera podido exigir, qué acción concreta, qué medida, qué estrategia? ¿Incendiar San Lázaro, sabotear el sistema electrónico de votación, bloquear la tribuna, impedir la sesión, armar disturbios, liarse a trompadas con los panistas y los priistas? ¿Son ésas las reglas, es ése el comportamiento esperable de unos representantes populares “con pantalones”?
Es patética, en este sentido, la respuesta de los legisladores: “Ya impedimos el informe de Gobierno, ya tomamos la tribuna, ya nos opusimos…”. Es decir: papito, ya nos comportamos mal, ya fuimos groseros, ya nos salió lo bronco ¿qué más quieres? ¿Qué más podemos hacer? Pues, señores, no fue suficiente, no colocaron demasiado alto el listón; en este país, gobernado por el “espurio”, hay que ir más lejos. Ya no es asunto de aparecerse por las mañanas en el salón de sesiones, pasar lista y votar civilizadamente. No señor. La “lucha” exige más radicalismo y más intolerancia. ¡Al diablo con las instituciones! ¿No han entendido que ésa es la consigna?
Una vez más, el llamado del líder general y plenipotenciario de la “izquierda” implica una ruptura del orden establecido y un desafío a las instituciones por más que él mismo se disfrace de ovejita inofensiva. Es cierto que nunca habla de ejercer la violencia en sentido estricto pero su discurso está plagado de advertencias, amenazas veladas y augurios funestos. La mera descalificación del Gobierno legal de este país representa un peligroso y subversivo cuestionamiento: las elecciones que celebramos pacíficamente los mexicanos no cuentan, no sirven, no fueron “ciertas”. Y, a partir de ahí, todo se vale, desde ese regaño a unos diputados que se comportaron… como diputados, hasta la creación de un ridículo gobierno paralelo que, por fortuna, no tiene atribuciones ni poderes reales: imaginen ustedes al presidente de opereta con un ejército de verdad y con su propia fuerza pública.
Ahora bien, las cosas no suceden por casualidad y, en política, todo tiene un significado. Es decir, más allá de las formas que acostumbra López Obrador y de sus predecibles posturas, su admonición iba dirigida a unos destinatarios muy particulares; en efecto, muchos de los diputados perredistas no son ya parte de sus huestes incondicionales por el simple hecho de que pertenecen a otra corriente. Ricardo Alemán nos cuenta, en su columna del diario El Universal cómo fue que, embebido en la certeza de que iba a controlar todo como jefe del Ejecutivo, El Peje cedió deliberadamente espacios de poder a los grupos de Jesús Ortega –entre otras de las “tribus” no enteramente avasalladas por el caudillo de Macuspana— y que, ocupados ahora estos ámbitos en el Congreso por los “chuchos” sin que se haya consumado la profecía, ha llegado el momento de declarar las hostilidades. Conclusión posible: López Obrador se está alejando gradualmente del PRD y su estrategia de “credencialización” no sería más que la muestra de que tiene la intención de crear su propio movimiento. Esa fuerza, suponemos, si va a tener “pantalones”. Qué mala noticia.
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