Tiempos de nefasta politiquería
La “política” –así, entre comillas— es una auténtica maldición bíblica en el México de la transición democrática. Antes, en los buenos tiempos del nacionalismo-revolucionario-paternalista-corporativista-intervencionista, el sofisticado arte de pactar con el adversario se limitaba a comprar sus voluntades y las únicas peleas reales –salvo esas honrosas excepciones de siempre habidas en los espacios de las “luchas sociales”—ocurrían entre los competidores en las filas del partido de Estado. A decir verdad, imperaba un modelo bastante civilizado: antes de que Calles “institucionalizara” la Revolución, se habían estado matando entre ellos y ahora simplemente se repartían el pastel nacional.
De cara a la galería, por lo tanto, el “sistema” ofrecía una ejemplar cohesión. El único personaje autorizado a tener una personalidad propia era el señor presidente de la República cuyas atribuciones, además, trascendían las fronteras de su mandato en tanto que –vaya ejercicio del poder— él mismo se encargaba directamente de la elección de su sucesor (no hablemos ya de imaginar siquiera la llegada a la silla presidencial de un candidato opositor; la mera idea de que el heredero del trono fuera de otra “corriente” o de un “grupo” extraño era una herejía). Las limitaciones a las iniciativas personales eran tan imperativas que “el que se movía no salía en la foto”, según una frase que describe muy gráficamente la cautela que debían guardar los eternos aspirantes a cualquier cargo público. Se vivía una cultura de la simulación cuyo ingrediente esencial era la permanente adulación al jefe máximo, ese primer mandatario excelso de necesidad capaz de proferir todos los días una frase histórica que el periódico Excélsior reproducía fiel e infaliblemente.
Qué tiempos aquellos: hubo una elección presidencial sin ningún candidato opositor. La política era un simple trámite, la mera administración de canonjías diversas para consumo de los felices adherentes y la interesada repartición de las sobras entre los eternos aspirantes a vivir “dentro de la Revolución”. No debemos confundir este equilibrio logrado por un sistema colosalmente mentiroso con cualquier forma de progreso económico o social: las políticas públicas del antiguo régimen nunca trajeron un auténtico bienestar para la mayoría de los mexicanos por más que sigamos cacareando incorregiblemente los presuntos logros de la “Revolución Mexicana”. Para mayores señas, ahí tenemos al país, delante de las narices, con sus flagrantes desigualdades y los mismos cuellos de botella de siempre. Un dato: el Peso mexicano –al que se le quitaron tres ceros— vale hoy, justamente, la milésima parte de la cuantía que tenía en la década del 60.
En fin, volviendo al tema, hoy padecemos los efectos del exceso de celo, por así decirlo, de una clase política cuyos centros de poder se han desplazado de la casa presidencial a las Cámaras legislativas. Las conveniencias siguen siendo prácticamente las mismas: la nueva casta gobernante, el Congreso, no procura los intereses superiores de la nación sino que gestiona, por encima de todo, sus muy particulares provechos partidistas a la vez que se escuda detrás de una creciente barrera de impedimentos para ser fiscalizada por los ciudadanos: la Ley de Transparencia se termina al cruzar la puerta de los despachos de los diputados.
Saturday, March 8, 2008
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